23/02/2026.- Salta al Instante.- Foto portada: El derribo de “El Mencho” y la ola de violencia que tiembla a México antes del mundial. Colectivo incendiado por el narco en Guadalajara, Jalisco. Imagen: Web.
La noticia explotó como un estruendo en el corazón de México: José Antonio Yépez Ortiz, conocido como “El Mencho”, líder máximo del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), fue abatido por fuerzas del Ejército Mexicano tras un operativo de alto riesgo. La caída del narcotraficante más buscado del continente no llega sola, sino envuelta en una violencia que, apenas meses antes de la Copa del Mundo 2026, pone de manifiesto el enorme desafío de seguridad que atraviesa el país sede del evento.
“El Mencho”, calificado por las autoridades mexicanas como uno de los criminales más peligrosos del mundo, mantenía una red criminal de alcance continental. Su organización fue señalada como responsable de una multiplicación de asesinatos, secuestros, tráfico de drogas y enfrentamientos que convirtieron regiones enteras de México en zonas de guerra no declarada. El CJNG se había erigido como la facción criminal más temida y expansiva, con presencia en más de 20 estados mexicanos y ramificaciones en Centroamérica y Estados Unidos, según informes de seguridad.
El operativo que terminó con su vida fue ejecutado por el Ejército Mexicano en la zona de Nayarit, en una acción que implicó inteligencia de alto nivel y seguimiento exhaustivo del entorno del capo. Las fuerzas federales reportaron que Yépez Ortiz ofreció resistencia antes de caer abatido, señal de que ni siquiera su propia organización estaba dispuesta a entregarlo. Este golpe, dicen los especialistas, es histórico porque elimina a uno de los últimos grandes jefes del narcotráfico tradicional, aunque abre numerosas preguntas sobre el futuro del crimen organizado en México.
Pero la victoria oficial tiene un costo: la violencia no se detuvo con su muerte. Muy por el contrario, la ofensiva del Ejército y la respuesta del CJNG desencadenaron nuevos episodios de brutalidad en diferentes regiones, especialmente en Michoacán, Jalisco y Zacatecas, donde se reportaron balaceras, bloqueos de rutas y enfrentamientos continuos entre grupos armados y fuerzas de seguridad. Esta intensificación de la violencia desaparece detrás de cualquier gesta militar cuando se pone en contexto del día a día de millones de ciudadanos mexicanos que viven bajo la amenaza constante de la ilegalidad armada.
La situación se torna todavía más alarmante en el marco de la Copa Mundial de la FIFA 2026, que se celebrará en parte en territorio mexicano. Entre las sedes seleccionadas se encuentra Guadalajara, ubicada en el estado de Jalisco, corazón del CJNG y epicentro de múltiples confrontaciones entre cárteles rivales y fuerzas de seguridad. La oleada de violencia que sacude a México ha golpeado a esta ciudad de manera particularmente fuerte, dejando a la vista que la preparación para un evento internacional de esta magnitud no solo implica estadios y logística, sino también garantizar seguridad en un país que batalla con organizaciones criminales fuertemente armadas.
En los últimos meses, reportes de hospitales y medios locales describieron escenas que parecieran sacadas de una película de acción cruda: víctimas de tiros en las calles, autobuses incendiados para bloquear carreteras, enfrentamientos armados en zonas urbanas y rurales, y un clima de tensión que absorbe a la población civil atrapada en medio del fuego cruzado. Esto se reflejó, por ejemplo, en el balance de incidentes violentos en Guadalajara y sus alrededores, donde la percepción de inseguridad se incrementó notablemente.
El Gobierno mexicano, por su parte, asegura que la muerte de “El Mencho” representa un antes y un después en la lucha contra el narcotráfico, y que se trata de un mensaje claro tanto para las organizaciones criminales como para la comunidad internacional: el Estado no retrocederá ante el crimen. Sin embargo, la falta de respuesta inmediata en términos de reducción de la violencia pone en entredicho esa narrativa oficial.
La política de “abrazos, no balazos”, que en otros momentos dominó la retórica oficial, parece haber sido reemplazada por una estrategia de confrontación directa, con resultados mixtos en términos de control territorial y pacificación social. En este marco, la muerte de uno de los capos más buscados se convierte en un símbolo de ambivalencia: un logro táctico para las fuerzas de seguridad, pero un factor más en un tablero que sigue marcado por la violencia estructural.
Con el Mundial 2026 en el horizonte, la preocupación es palpable entre organizadores, gobiernos estatales y ciudadanos: ¿cómo asegurar un evento multitudinario en un país donde las armas siguen hablando con más fuerza que las instituciones? La respuesta a esa pregunta aún está lejos de conocerse, y la muerte de “El Mencho” podría ser apenas el inicio de una nueva etapa de conflicto, con más sangre en las calles y más interrogantes que certezas.
En México, la derrota de un capo no significa la paz, sino otro ciclo de violencia que amenaza con redefinir la vida pública y social del país en el umbral de uno de los eventos deportivos más grandes del mundo.







