25/02/2026.- Salta al Instante.- Foto portada: Inés Liendo. Imagen: Web.
En pleno aniversario número 50 del golpe cívico-militar que desencadenó siete años de terror, desapariciones, asesinatos y violaciones sistemáticas de los derechos humanos, un coronel retirado sacudió el tablero político con una carta que prendió fuego a todas las redes de memoria, justicia y militancia. Marcelo Liendo, coronel retirado y padre de la dirigente macrista/libertaria salteña Inés Liendo, firmó una columna publicada en el diario La Nación en la que pone en primer plano su pedido explícito de libertad para “los militares condenados injustamente por crímenes de lesa humanidad”, calificando sus condenas y detenciones como un atropello intolerable y la indiferencia social como un oscuro síntoma de la época.
La misiva, titulada “El Gatopardo”, se convierte en una apología alarmante de quienes fueron condenados por la Justicia argentina por secuestros, torturas, desapariciones y asesinatos bajo el terrorismo de Estado. Liendo no solo sostiene que los genocidas están “injustamente detenidos”, sino que critica a la sociedad argentina por “mostrar indiferencia” ante lo que él califica como castigos excesivos que consume a los condenados “mientras el país goza de libertad gracias a ellos”.
La carta articula un discurso revisionista que pone en un mismo plano la represión ilegal de 1976-1983 y las disputas políticas de hoy, invocando la famosa frase de Giuseppe Tomasi di Lampedusa: “Si queremos que todo siga como está, necesitamos que cambie todo”. Para Liendo, esa frase describe una supuesta continuidad entre el pasado represivo y las actuales debilidades institucionales, aunque —en la práctica— su escrito reivindica implícitamente a quienes hoy cumplen condenas por delitos contra la humanidad.
El texto de Liendo no es un llamado abstracto, sino una provocación directa a la memoria colectiva y a las luchas por Memoria, Verdad y Justicia que, durante décadas, han mantenido vivo el reclamo de juicio y castigo para los genocidas. En un contexto en el que al menos desde el 24 de marzo de cada año —cuando Argentina conmemora el golpe— se multiplican actos y discursos en defensa de la memoria y contra el negacionismo, la carta resuena como un intento por desdibujar los consensos sobre los crímenes del pasado.
La provocación tiene ecos mucho más allá de Salta. Hace apenas días, una nota en Página/12 advirtió que el Gobierno nacional ya no parece interesado en impulsar activamente los juicios por delitos de lesa humanidad, cuestionando la ausencia de querellas oficiales en las causas que aún se tramitan y denunciando una claudicación del Estado en la persecución penal de los represores condenados.
Este episodio no surge en un vacío histórico. En años recientes hubo varios brotes de controversia alrededor de la memoria, la historia y la justicia por el terrorismo de Estado, que involucran a sectores del arco político actual. Por ejemplo, hace más de un año trascendió una fotografía muy comentada en la que legisladores de la alianza libertaria La Libertad Avanza posaban con represores condenados por crímenes de lesa humanidad en la cárcel de Ezeiza, un gesto que generó profundo repudio de organismos de derechos humanos y también de víctimas y sobrevivientes.
La carta de Marcelo Liendo, lejos de ser un descargo aislado de un hombre mayor, parece encarnar una corriente peligrosa de revisionismo y relativización del terrorismo de Estado, una tentativa de poner en cuestión el sentido de juicio y castigo que surgió después del retorno de la democracia y que, generación tras generación, ha sido reivindicado por miles de organizaciones de derechos humanos, sobrevivientes y familiares de víctimas.
Que un militar retirado reivindique a quienes fueron condenados por secuestrar, torturar y desaparecer argentinos y que lo haga bajo argumentos filosóficos y políticos en un medio de alcance nacional —justo cuando se conmemoran cinco décadas del golpe— es una afrenta directa a la memoria de quienes todavía buscan justicia y verdad. Es, sobre todo, un recordatorio de que la batalla por la memoria no está zanjada: mientras algunos piden perdón para los verdugos, millones siguen pidiendo justicia para sus víctimas.







