CUANDO EL RACISMO TIENE PREMIO

06/04/2026.- Por Federico Pita.– Foto portada: Agostina Páez, Patricia Bullrich y Mariano Páez. Imagen: Redes Sociales.
La secuencia que siguió a la detención de Agostina Páez por injuria racial en Río de Janeiro, ha excedido el episodio judicial en Brasil; su regreso a la Argentina, su exposición mediática y su rápido alineamiento con sectores de la derecha local han transformado su caso en un síntoma político de época.

Hacer gestos de mono hacia trabajadores afrodescendientes es una forma histórica de deshumanización; es la actualización de una gramática colonial que durante siglos justificó la esclavización, la explotación y la muerte de millones de personas. Por eso insisto, una vez más, en algo que incomoda a quienes buscan relativizar este tipo de hechos presentándolos como exabrupto o discusión menor sobre formas o modales: el racismo mata.

El racismo mata cuando habilita la violencia policial sobre los cuerpos morochos y populares. Mata cuando convierte al “negro de mierda” en un insulto socialmente tolerado. Mata cuando naturaliza que ciertas vidas valen menos que otras. Y mata también cuando la sociedad y el sistema político convierten al agresor en víctima. Eso es, precisamente, lo que estamos viendo.

Agostina Páez regresó al país y, en lugar de asumir su responsabilidad por la conducta que protagonizó, inició un recorrido mediático donde el eje fue la injuria racial sino su supuesta victimización. Dio entrevistas, descargos públicos, selfies políticas e hizo un desfile por los principales medios de comunicación, más interesados en ofrecerle un escenario para reconstruir su imagen que en discutir el núcleo estructural del caso.

La escena junto a Patricia Bullrich condensó una operación política precisa para reinscribir a quien protagonizó un acto racista, en la figura de la perseguida, la damnificada, la joven castigada en exceso por un sistema de justicia extranjero.

La secuencia posterior al regreso de Agostina Páez terminó de exponer con crudeza la dimensión estructural del problema. Apenas horas después de su vuelta al país, su padre, el empresario Mariano Páez, fue filmado en un bar de Santiago del Estero repitiendo exactamente el mismo gesto racista por el que su hija fue imputada en Brasil. La posterior justificación del episodio —primero negando el video, luego atribuyéndolo a inteligencia artificial, más tarde excusándolo por consumo de alcohol— forma parte de la misma lógica de impunidad. El racismo aparece siempre rodeado de excusas: fue una broma, estaba ebrio, fue provocado, no quiso decir eso. Lo que queda en evidencia, no obstante, es la confirmación de que no estamos ante una excepción individual, sino frente a una trama de legitimación familiar, social y política del racismo.

Por eso el problema va más allá del caso de Agostina Páez como individuo aislado. La pregunta que debemos hacernos es cómo nos hemos convertido en una sociedad que produce sujetos que cometen un acto manifiesto de racismo y regresan convertidos en celebridades mediáticas, protegidos por sectores políticos que buscan capitalizar el episodio. Cómo es que en nuestra sociedad el racismo no solo persiste, no sólo no tiene costo político, sino que muchas veces tiene premio. Premio en forma de cámaras, de micrófonos. Premio en forma de contención. Premio en forma de capital político.

Este caso importa no por la anécdota policial ni por el escándalo televisivo, sino porque deja al desnudo cómo opera todavía hoy una herencia colonial de un proyecto nacional construido sobre la blanquitud, la jerarquización racial y la producción diferencial de ciudadanía, que decide quién puede ser deshumanizado, quién merece protección y quién puede incluso transformar la agresión en carrera política.

Cuando el racismo deja de ser sancionado y empieza a ser recompensado, el problema ya no es sólo quién lo ejerce sino la sociedad que lo premia.

Publicado en Página/12.