28/01/2026.- Salta al Instante.- Foto portada: Ilustrativa. Web.
La realidad social en Argentina no admite eufemismos ni cifras maquilladas: el Salario Mínimo Vital y Móvil se desplomó hasta convertirse en una broma cruel frente al aumento descontrolado de los alimentos, y hoy alcanza para cubrir poco más de medio mes de alimentación básica de una persona promedio. Esa es la radiografía brutal del poder de compra del ingreso mínimo frente al costo real de comer en 2025, según el informe anual de la Fundación Colsecor.
Mientras los precios de la Canasta Básica Alimentaria se multiplicaron por más de 17 veces en apenas cuatro años, la remuneración mínima legal no logró mantener siquiera una proporción mínima con esos aumentos, quedando incapaz de garantizar alimentación durante todo el mes como ocurría en 2021. El salto acumulado de precios y la caída del poder adquisitivo hacen que quienes dependen de ese ingreso estén obligados a racionar comida, sacrificar calidad nutricional o buscar alternativas desesperadas para llegar a fin de mes.
El salario mínimo mensual de unos 341.000 pesos aprobado para enero de 2026 —que se arrastra desde fines de 2025 con subas marginales— demuestra la paupérrima respuesta del gobierno ante una crisis que no es nueva pero sí más profunda: la remuneración que se supone debe garantizar la subsistencia básica hoy no alcanza a cubrir más de medio mes de alimentos elementales, y en términos prácticos deja a millones en la cuerda floja.
Los datos no son estadística fría sino efecto directo de una política económica que ha permitido que los alimentos se encarezcan por encima de cualquier lógica de ingresos populares. La comparación interanual —con la canasta alimentaria disparada y el salario mínimo estancado— expone la brutal pérdida de poder de compra de los trabajadores más vulnerables, en un país que históricamente se prefiere pensar como productor de alimentos pero donde cada vez menos gente puede pagarlos.
Este fenómeno no se limita a teoría académica: encuestas muestran que solo dos de cada diez trabajadores están conformes con su salario, y que para una parte significativa el ingreso alcanza solo para dos semanas de gastos básicos antes de agotarse.
En este escenario, la caricatura de ajuste económico se traduce en decisiones de política salarial que no recuperan el poder adquisitivo perdido y parecen más orientadas a sostener consignas de estabilidad monetaria que a enfrentar la emergencia social de millones que hoy comen poco y peor. Queda claro que, para quienes dependen del ingreso mínimo, el sueldo se acaba mucho antes que el mes.







