No es política pública, es puesta en escena. El Gobierno convirtió la persecución de migrantes en un espectáculo comunicacional, copiando sin pudor el libreto más oscuro de Estados Unidos. Detenciones, expulsiones y operativos difundidos como trofeos en redes oficiales forman parte de una estrategia que criminaliza la pobreza, estigmatiza al extranjero y vende represión como eficacia.
Lejos de resolver problemas estructurales, la Casa Rosada eligió un enemigo fácil para montar su relato de orden y mano dura. La migración aparece así como chivo expiatorio de una crisis económica que golpea salarios, empleo y consumo, pero que el oficialismo prefiere no explicar. Cuando no hay respuestas, hay castigo. Cuando no hay gestión, hay show.
La inspiración no es casual. El modelo es el de la “caza de migrantes” ensayada durante años en Estados Unidos: operativos mediáticos, cifras infladas, lenguaje bélico y una lógica que reduce personas a estadísticas expulsables. Ese esquema, denunciado internacionalmente por violaciones a los derechos humanos, ahora se recicla en versión local con el aplauso del núcleo duro libertario.
El problema es que detrás del acting hay consecuencias reales. Familias separadas, trabajadores precarizados empujados a la clandestinidad, comunidades enteras bajo sospecha. La política migratoria deja de ser una cuestión de derechos y se transforma en un reality punitivo, donde el Estado exhibe fuerza pero esconde su fracaso social.
La paradoja es obscena: un país construido históricamente por migrantes adopta el discurso xenófobo como bandera, mientras celebra expulsiones como si fueran goles. El Gobierno no administra fronteras: administra miedo, porque el miedo ordena, disciplina y distrae.
Así, entre conferencias, operativos filmados y discursos inflamados, la Argentina ensaya su propia versión del modelo trumpista: menos derechos, más espectáculo y una política reducida a propaganda represiva. El show puede sumar likes, pero deja una mancha profunda en la democracia.