En pleno receso parlamentario y por decreto, Javier Milei volvió a esquivar al Senado y designó a dedo a Fernando Iglesias como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario ante el Reino de Bélgica. La maniobra consolida el reparto de cargos diplomáticos entre aliados políticos y refuerza el blindaje del Presidente a uno de sus voceros más fieles.
El nombramiento fue hecho “en comisión”, amparado en el artículo 99 de la Constitución, una herramienta excepcional que Milei usa con creciente naturalidad para evadir el control del Congreso. Iglesias, exdiputado de Juntos por el Cambio y férreo defensor del oficialismo libertario, se queda así con una de las embajadas más sensibles de Europa, mientras el Senado permanece cerrado y sin posibilidad de debate.
Un premio político con sueldo en dólares
La designación no es menor: la embajada en Bélgica es estratégica por su vínculo directo con la Unión Europea, un frente clave para los intereses comerciales y financieros del Gobierno. Iglesias ya había sido ungido en noviembre como representante argentino ante el bloque europeo, y ahora suma otro cargo de peso.
El premio viene acompañado de un salario que ronda los 15.000 dólares mensuales, ajustado por el costo de vida internacional según parámetros de la ONU. Mientras el Gobierno predica ajuste, motosierra y sacrificio para la sociedad, los cargos políticos se aseguran sueldos en moneda dura.
Decreto, silencio y aval automático
La Casa Rosada justificó la decisión en la supuesta “idoneidad y trayectoria” del exlegislador, un argumento que repite como mantra cada vez que saltea los mecanismos institucionales. El decreto, firmado por Milei y el canciller Pablo Quirno, sostiene que la medida busca garantizar la continuidad de la representación diplomática durante el receso del Congreso.
Además, Bélgica ya otorgó el plácet formal, lo que allanó el camino para que el Ejecutivo avance sin obstáculos. Traducción política: todo cerrado entre pocos, sin discusión pública y sin rendición de cuentas.
Diplomacia de amigos
La designación de Iglesias se da en medio de las expectativas por un eventual acuerdo Mercosur–Unión Europea, una negociación trabada desde hace más de 25 años. En lugar de apostar por diplomáticos de carrera o especialistas técnicos, Milei elige premiar lealtades políticas y consolidar su núcleo duro en el exterior.
Con el Senado fuera de juego y los decretos como norma, el mensaje es claro: la política exterior también se maneja a dedo. Ajuste para adentro, cargos y dólares para los propios.







