26/12/2025.- Salta al Instante.- Foto portada: Las familias cada vez más endeudadas. Deudas | CEDOC Perfil
Las Fiestas llegan otra vez con la mesa raleada. Al cierre del segundo año del gobierno de Javier Milei, millones de familias argentinas no celebran: sobreviven. Menos consumo, más deudas y cero margen de ahorro definen el balance doméstico de un país donde el ajuste no fue una consigna abstracta sino una experiencia diaria que se sintió en la heladera, la farmacia y la boleta de servicios.
Mientras el discurso oficial insiste en que “cambió la forma de consumir”, los datos muestran otra cosa: no hubo elección, hubo recorte forzado. Hogares que saltean comidas, postergan consultas médicas, financian alimentos con tarjeta y llegan a fin de mes endeudados. Apenas uno de cada diez pudo ahorrar algo en todo el año. El resto gastó hasta el último peso —o más— para cubrir lo básico.
La radiografía social es brutal. Según el Observatorio de la Deuda Social de la UCA, casi la mitad de la población vive en estrés económico permanente y más del 40% siente que vive peor que sus padres. La promesa de “ordenar la economía” se tradujo, para la mayoría, en un deterioro sostenido de las condiciones de vida. Ajuste prolongado, sin red y sin horizonte.
El impacto no distingue solo a los sectores más pobres. Incluso hogares con ingresos medios altos no lograron recuperar capacidad de consumo ni aliviar su presión financiera. Un tercio de la población quedó atrapada en pobreza o fragilidad económica crónica. La Argentina se partió en capas: los de arriba resisten, los del medio caen y los de abajo ya no tienen dónde ajustar.
La inseguridad alimentaria sigue en niveles alarmantes. Aunque en 2025 hubo una leve baja respecto del pico de 2024, los registros siguen muy por encima de los promedios históricos. En los sectores más bajos, más de la mitad de los hogares no accede de manera regular a una alimentación suficiente. En los estratos altos, el problema casi no existe. Dos países conviviendo en el mismo territorio.
El consumo masivo confirmó la caída. En noviembre, las ventas en supermercados y comercios de cercanía retrocedieron por primera vez en nueve meses. Menos visitas, menos volumen comprado y más gente admitiendo que llega “justo” o directamente no llega a fin de mes. Comprar dejó de ser una rutina y pasó a ser una operación calculada al extremo.
En paralelo, los servicios se comieron el presupuesto familiar. Tarifas y gastos fijos se cuadruplicaron en su peso relativo durante la gestión libertaria. Aunque la inflación se desacelere, el bolsillo no lo siente: la plata se va en luz, gas, transporte y alquiler antes de llegar a la comida. Y el Gobierno ya anticipa más aumentos para 2026, profundizando el retiro de subsidios.
La salud es otro frente de ajuste silencioso. Cada vez más personas dejan tratamientos, evitan consultas médicas o no compran medicamentos. El golpe es mayor entre jubilados, donde la combinación de ingresos licuados y mayor necesidad de cuidados expone una vulnerabilidad extrema. La atención médica se volvió un lujo.
El ahorro directamente desapareció. Ocho de cada diez hogares no pueden guardar ni un peso. Y cuando el ahorro muere, nace la deuda. La morosidad volvió a subir y los préstamos personales y las tarjetas empujan a miles de familias al límite. Endeudarse ya no es para comprar algo grande: es para comer.
El mapa social confirma un proceso de fragmentación profunda. La Argentina dejó atrás su estructura mayoritariamente de clase media. Hoy conviven tres países distintos, con brechas cada vez más rígidas en ingresos, educación, trabajo y expectativas de futuro. La pobreza se infantiliza: los hogares con chicos concentran los peores indicadores.
Las expectativas tampoco ayudan. Cuatro de cada diez personas cree que el año próximo será aún peor. El malestar psicológico se dispara, no solo entre los sectores más pobres, sino también en clases medias que sienten que caen sin red, sin estabilidad y sin horizonte de movilidad ascendente.
Mientras el Gobierno celebra “normalización” y “cambio cultural”, la vida cotidiana cuenta otra historia: mesas más vacías, cuerpos más cansados, cuentas impagas y futuros en suspenso. El nuevo consumo del que habla Milei no es modernización: es resignación. Y el ajuste, lejos de haber terminado, ya dejó una marca profunda en millones de hogares argentinos.






