16/04/2026.- Salta al Instante.- Foto portada: El Indec mide el presente con la canasta del pasado y esconde el golpe al bolsillo. Imagen: Ilustrativa. Web.
El 3,4 por ciento de inflación de marzo que . difundió el Indec no es apenas un número en alza desde junio de 2025: es una construcción que maquilla la realidad. Detrás de esa cifra hay una decisión política: sostener una canasta de consumo anclada en 2004 para disimular el impacto del ajuste de Javier Milei. Mientras los precios trepan, el organismo mide la crisis actual con herramientas de otra época y deja bajo la alfombra un 11,8 por ciento de suba acumulada desde la asunción.
La discusión no es menor. Cuando el Gobierno pateó en enero la actualización de la canasta —movida que terminó con la salida de Marco Lavagna— eligió seguir calculando el IPC con la Encuesta Nacional de Gastos de los Hogares 2004/05, ignorando dos décadas de cambios en el consumo. Con la metodología más reciente, basada en la ENGHo 2017/18, la inflación de marzo no habría sido 3,4 sino 3,54 por ciento.
La diferencia no es un detalle técnico: es el corazón del problema. Los rubros que más presionan al alza —servicios y transporte— están deliberadamente subponderados. Vivienda y servicios públicos pesan 9,4 por ciento en la medición oficial cuando en la vida real trepan al 14,5; con el cálculo actualizado, sumarían 0,21 puntos extra. Alimentos, en cambio, aparecen sobrerrepresentados y hasta restan -0,13 puntos, ayudando a licuar el índice final. Transporte también queda recortado (11 por ciento frente a un 14,3 real), mientras educación y comunicación, que vienen con subas por encima del promedio, siguen invisibilizadas.
El resultado es una inflación que parece más baja de lo que realmente es. Según el Centro de Economía Política (CEPA), la meta oficial del 10,1 por ciento para todo 2026 ya fue alcanzada en apenas tres meses: el acumulado marca 9,4 por ciento, pero con la medición actualizada ya escala al 10,1.
Lejos del relato de desaceleración, los números muestran otra cosa: una curva ascendente y sostenida desde mediados de 2025. Salvo el breve respiro técnico de julio y agosto, el índice no dejó de escalar. Las anclas nominales perdieron eficacia y la inercia de costos desarma el discurso oficial de “inflación bajo control”.
Pero el verdadero desfasaje aparece en la cuenta larga. Desde que asumió Milei, el Indec informa una inflación acumulada de 293,4 por ciento. Con los ponderadores actualizados, esa cifra se dispara al 339,8%: 46,4 puntos más, un 11,8 por ciento adicional que no figura en los registros oficiales. En meses críticos de 2024, la brecha fue brutal: abril pasó de 8,8 a 11,9; febrero, de 13,2 a 15,1; marzo, de 11,0 a 12,4; junio, de 4,6 a 5,7.
Nada de esto es inocente. El IPC define paritarias y jubilaciones. Subestimar los rubros que más aumentan es la vía más directa para licuar ingresos sin necesidad de anunciarlo. La pérdida de poder adquisitivo no desaparece: se oculta detrás de una metodología obsoleta.
El impacto es desigual y golpea más fuerte abajo. Para los sectores medios y bajos, donde transporte, tarifas y alimentos asfixian el consumo, la inflación real corre muy por encima de la oficial. El índice que publica el Indec no refleja lo que pasa en la calle: apenas ofrece una versión recortada de una crisis que se siente completa en el bolsillo.







