JULIO DE VIDO: Por su estado de salud Casación le concedió prisión domiciliaria

12/05/2026.- Salta al Instante.- Foto portada: Julio De Vido. Imagen: CEDOC.
La Cámara Federal de Casación Penal resolvió otorgarle la prisión domiciliaria a Julio De Vido y volvió a encender una de las heridas políticas y judiciales más profundas de las últimas décadas: la tragedia de Once y las responsabilidades del poder político durante el kirchnerismo.

El exministro dejará el penal de Ezeiza, donde cumplía condena por su responsabilidad en la tragedia ferroviaria que en 2012 dejó 51 muertos y cientos de heridos, aunque continuará formalmente detenido bajo control judicial en su domicilio.

La decisión fue tomada por los jueces Carlos Mahiques, Mariano Borinsky y Guillermo Yacobucci, quienes argumentaron que el deterioro físico del exfuncionario volvió incompatible su permanencia en una cárcel común.

El fallo llega después de múltiples pedidos rechazados y de un agravamiento evidente del cuadro clínico de De Vido, de 76 años, que recientemente sufrió un infarto y arrastra una combinación de patologías severas: diabetes insulinodependiente, hipertensión arterial, fibrilación auricular persistente y antecedentes de accidente cerebrovascular.

Según entendió el tribunal, el Servicio Penitenciario Federal ya no estaba en condiciones de garantizarle una atención médica adecuada dentro del penal.

La resolución reabre inmediatamente un debate explosivo que atraviesa a la política argentina desde hace años: hasta dónde deben extenderse los beneficios humanitarios para exfuncionarios condenados por corrupción o negligencia estatal en causas de enorme impacto social.

Porque aunque jurídicamente la medida se apoya en cuestiones médicas, políticamente el apellido De Vido sigue funcionando como uno de los símbolos más pesados del ciclo kirchnerista.

Durante más de una década, el exministro fue uno de los hombres más poderosos de los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner. Desde el Ministerio de Planificación manejó miles de millones de pesos en obra pública, energía, transporte e infraestructura y quedó en el centro de numerosas investigaciones judiciales por corrupción.

Pero ninguna causa golpeó tan fuerte en términos simbólicos como la tragedia de Once.

La Justicia determinó que el desastre ferroviario no fue solamente producto de un accidente técnico, sino consecuencia de años de desidia estatal, falta de controles y un sistema corroído por subsidios, abandono y connivencia política con empresarios del transporte.

En ese contexto, De Vido fue condenado por administración fraudulenta en perjuicio del Estado, acusado de haber permitido el deterioro estructural del sistema ferroviario mientras se desviaban recursos públicos.

Ahora, aunque seguirá condenado, el exministro abandona la prisión de Ezeiza y pasará a cumplir la pena en su domicilio bajo supervisión judicial estricta.

La noticia provocó reacciones inmediatas en distintos sectores políticos y sociales. Para sectores opositores, la domiciliaria vuelve a alimentar la idea de privilegios judiciales para dirigentes de peso político. Para otros, se trata simplemente de la aplicación de criterios humanitarios frente a un detenido con problemas de salud graves y comprobados.

La tensión política alrededor del caso no es menor. El nombre de De Vido sigue asociado a una etapa de fuerte confrontación entre kirchnerismo y oposición, donde las causas judiciales contra exfuncionarios se transformaron en uno de los ejes centrales de la pelea política argentina.

Por eso el fallo trasciende lo estrictamente jurídico. La salida de De Vido de Ezeiza vuelve a instalar discusiones sobre impunidad, responsabilidades políticas, derechos humanitarios y utilización política de la Justicia.

Mientras tanto, para los familiares de las víctimas de Once, la herida permanece abierta. Porque más allá del régimen de detención que cumpla el exministro, la tragedia sigue representando uno de los capítulos más oscuros de la historia reciente del Estado argentino.

Y cada movimiento judicial alrededor de sus responsables reactiva inevitablemente el dolor, la memoria y la disputa política sobre aquel desastre.