30/03/2026.- Por Mempo Giardinelli.-Foto portada: Javier Milei. Imagen: Alejandro Pagni/AFP.
En el ideario anarquista, que dice procurar “la libertad absoluta” y, por lo tanto, la supresión de todo gobierno y de toda ley, el término libertario se caracteriza por su polisemia, o sea por la pluralidad de sus significados como expresión lingüística.
Por lo tanto ser libertario es –según el diccionario de la Real Academia Española– defender la libertad individual como valor supremo, abogando por la reducción o eliminación del Estado en la vida económica y social.
Basada en el principio de “no agresión”, el “derecho a la propiedad privada” y el “libre mercado” siempre impreciso y a conveniencias, la trilogía puede parecer fenomenal, pero algo le falla porque la idea de que “los individuos sean artífices de su propia felicidad sin coacción” es un camino pavimentado y directo hacia lo que en el vulgo criollo se entiende como “viva la pepa” o “yo hago lo que se me canta”.
De donde la teoría, que hasta ahí vaya y pase, se topa con el problema de que por medio de cualquier extraño autopermiso o abuso interpretativo, todo sujeto atrevido puede –porque es fácil, simple y barato– declararse “libertario”.
Esa ligereza es lo que facilita que, además de chantas, muchos dizque “libertarios” sean brutos, elementales y hasta peligrosos, sobre todo para las democracias y la política, entendida ésta como ejercicio generador de diálogos constructivos de paz y tolerancia, que son sin dudas los mejores modos de desarrollar ciudadanía.
Y es que cuando frente al Diálogo, la Paz y la Democracia se pretende erigir urbi et orbi que ser libertario es defender la libertad individual como valor supremo y absoluto, abogando por la reducción o eliminación del Estado en la vida económica y social, inexorablemente se cuestionan y agreden todos los históricos principios democráticos, como la no agresión, el diálogo, la paz y los derechos a la propiedad privada y al libre mercado, que debidamente organizados constitucionalmente garantizan la Paz interior de todo pueblo.
Todo eso está hoy tergiversado y contrariado en los textos y discursos del oficialismo actual en la República Argentina, donde el Presidente Javier Milei se autodefine como libertario, y acaso en su corazón –si es que lo tiene– como anarcocapitalista.
Para él y quienes comparten su posición, “el libertarismo es una filosofía política y legal que defiende la libertad individual absoluta, la propiedad privada y el libre mercado, proponiendo la reducción o eliminación del Estado”. Lo que lo lleva a una contradicción irreparable, porque aunque se base en el principio de no agresión, de hecho limita toda acción estatal de protección de derechos fundamentales a la vida, la libertad y la propiedad y no vacila en apelar a la violencia –oral o policial– para repeler ideas opuestas.
De donde su concepción del anarcocapitalismo lo conduce –confeso o no– a la eliminación total del Estado. Lo que genera y dispara descontroladas interacciones económicas sin intervención estatal y alienta la drástica reducción del gasto público y la desregulación económica. Y es así como combina el liberalismo económico más extremo con las posturas sociales más conservadoras.
De ahí que, como anarcocapitalista o liberal libertario, Milei alienta y propone la reducción extrema del Estado, al que considera “enemigo”, buscando eliminar el Banco Central, privatizar empresas públicas y recortar el gasto para fomentar un dudoso libre mercado.
Es así como, fácticamente, Milei combina el liberalismo económico clásico con posturas libertarias extremas, según convenga a sus discursos y buscando la reducción drástica del Estado, la defensa de la propiedad privada, la eliminación del Banco Central, el control del libre mercado y posicionándose a la vez como “populista de derecha” y “antisistema”.
Es debido a esas confusiones y torpezas esenciales típicas, que los libertarios son tan radicales y violentos en su fanatismo anti-Estado .
Por cierto, y en breve síntesis, nuestra Patria está hoy sometida a posiciones Libertario/Anarcocapitalistas en versión exacerbada, lo que según el Diccionario de la Lengua Española significa “intensificar, agravar o avivar la intensidad de una enfermedad, dolor o sentimiento negativo. Es aumentar todo malestar que ya era negativo, pasando a un estado de mayor furia, irritación o severidad”.
La esperanza, en contrario, es el estado de ánimo que surge cuando se siente alcanzable lo que se desea. Por eso empieza a ser claro que estos tipos no van a durar. Y reconstruir lo dañado será tarea necesaria para cuando se vayan y el Pueblo Argentino sano, trabajador y patriótico no reconozca ninguna de sus dañinas decisiones.
Claro está que para reorganizar y reparar la Patria lastimada hará falta una ardua tarea. Empezando por reordenar el peronismo, el radicalismo, el socialismo y otras opciones democráticas, así como cambiar casi todo el sistema judicial estableciendo rigurosísimos principios de honestidad y salvaguardas. Porque ésa es hoy, ya mismo, la urgencia mayor: que la voluntad popular esté por encima de cualquier cesión de territorio y de soberanía, a la vez que se afiance la enorme tarea de reordenar la educación y la salud públicas.
Y para todo ello será preciso esperanzar en base a urgentes principios: todo tiene remedio, nada es para siempre, y la primera soberanía es la de la voluntad popular. Por eso no somos pocos quienes todavía pensamos que hubo fraudes en las elecciones que entronizaron a Milei.
Otras tareas pendientes, y urgentes, serán depurar profunda y urgentemente todas las conducciones políticas, así como rehacer las relaciones internacionales para así –con prisa y sin pausas– recuperar la Patria Argentina para el trabajo, el bienestar, la educación y la salvaguarda de todos nuestros bienes naturales. Esos que hoy están rifando los dizque “libertarios” de manera escandalosa, antinacional y antipopular.
Y es claro que hay esperanzas. Ningún país; ningún pueblo del mundo dejó de sobrevivir a este tipo de fantochadas gubernamentales. Todas las naciones en crisis se rehicieron, en todas las democracias. «Ésa es entre nosotros la tarea».







