28/01/2026.- Salta al Instante.- Por Jesús Castillo.- Foto portada: La carne y el asado se han vuelto un lujo en los hogares argentinos. ¿Si no hay inflación, por qué siguen subiendo las cosas? O es mentira, o es una verdad a gritos negada por el gobierno. Imagen: Web.
Mientras millones de hogares argentinos ajustan presupuestos y esquivan la canasta básica, el alimento más emblemático de la mesa nacional se transformó en lujo imposible. Los precios de la carne vacuna cerraron 2025 con un salto interanual brutal de casi 70 %, más del doble que la inflación general del año pasado, según datos oficiales.
La radiografía del Instituto de Promoción de la Carne Vacuna de la Argentina muestra una escalada imparable: un aumento promedio de casi 70 % en diciembre respecto a un año atrás y una suba mensual de 11 % solo en ese mes.
El contraste con los ingresos de la mayoría de los argentinos es grotesco: los salarios del sector privado apenas crecieron alrededor de 29 % el año pasado y los del sector público no mucho más. La carne, en cambio, trituró cualquier referencia salarial y se convirtió en el artículo que más encareció en el mercado interno.
La subida no fue pareja: en los barrios de menores ingresos la escalada de precios fue aún más intensa, mientras en los sectores acomodados la distorsión también se siente en el mostrador del supermercado. Y entre los cortes más populares, el asado, el matambre y el vacío se dispararon por encima del 13 % solo en diciembre, dejando un golpe directo a quienes todavía tratan de sostener la tradicional parrilla dominical.
Ni siquiera las carnes alternativas escaparon: el pollo y el cerdo también subieron, aunque muy por debajo de la carne vacuna, lo que desnuda una lógica de mercado que castiga más a los sectores populares y empuja al consumidor a resignar calidad de dieta.
El resultado es una Argentina en la que el asado ya no es sinónimo de identidad nacional sino de distinción de clase, y en la que la promesa de “comer bien” se vuelve cada vez más inaccesible para buena parte de la población.
El dato es tan llamativo como elocuente: en plena era de crisis económica, el alimento que alguna vez definió la cultura alimentaria criolla se volvió un símbolo de desigualdad y presión sobre los bolsillos de quienes menos pueden pagarlo.







