10/03/2026.- Salta al Instante.- Por Gaby Pachteng.-Foto portada: La pobreza avanza con el gobierno libertario. Miles de personas buscan en la basura algo de comer en la Argentina de Milei. Imagen: Web.
El discurso oficial insiste en vender una historia de estabilización y mejora social, pero los números que llegan desde la economía real cuentan otra cosa. Mientras el gobierno de Javier Milei repite que la pobreza baja y que la inflación está controlada, el precio de los alimentos volvió a pegar un salto que desarma esa narrativa optimista: la canasta alimentaria volvió a crecer por encima de la inflación.
Los datos difundidos por el Instituto de Estadística y Censos de la Ciudad de Buenos Aires muestran una escena incómoda para la Casa Rosada. La inflación porteña de febrero fue del 2,6%, pero tanto la canasta básica alimentaria como la canasta básica total —las que determinan quién es pobre o indigente— subieron 3,1%, es decir, por encima del índice general de precios.
Traducido al lenguaje de la vida cotidiana: mientras el Gobierno celebra que la inflación afloja, el costo de comer vuelve a correr más rápido que el promedio de los precios. Y cuando la comida se encarece por encima del resto, el golpe pega directo en los sectores que destinan la mayor parte de sus ingresos a llenar la heladera.
Los números son contundentes. Según el mismo informe, una familia tipo de cuatro integrantes necesitó 791.579 pesos sólo para comprar alimentos y 1.440.147 pesos para no caer bajo la línea de pobreza en la Ciudad de Buenos Aires.
El problema es que los alimentos, los que definen si una familia puede comer o no, vienen acumulando aumentos más fuertes que el promedio. En términos interanuales, la canasta alimentaria subió 36,1%, mientras que la canasta básica total trepó 32,2%, confirmando que el costo de sobrevivir sigue avanzando más rápido que el relato oficial.
Dentro del propio índice inflacionario aparecen las pistas del problema. El mayor empujón vino de carnes y derivados, que registraron un aumento del 7,3%, seguidos por subas en pan y cereales y en leche, productos lácteos y huevos.
A ese combo se le suman los aumentos en servicios esenciales que presionan sobre el presupuesto familiar. Las tarifas reguladas subieron 4,5%, con incrementos en electricidad, gas, medicina prepaga y transporte.
El resultado es una ecuación conocida en la Argentina de los ajustes: inflación que desacelera en el promedio estadístico pero alimentos que siguen subiendo, salarios que corren desde atrás y hogares que hacen malabares para llegar a fin de mes.
En ese escenario, los números que exhibe el Gobierno para mostrar una baja de la pobreza empiezan a encontrar un límite incómodo. Porque si la comida —la vara más cruda de la economía— sube más que la inflación, la supuesta mejora social queda atrapada en una contradicción evidente: el índice puede mejorar en los papeles, pero el plato en la mesa sigue siendo cada vez más caro.







