31/01/2026.- Salta al Instante.- Foto portada: Suba de combustibles. Web.
En un país donde la inflación general parece haber entrado en un tímido descenso estadístico, la realidad que enfrentan millones de hogares argentinos contradice cualquier relato de alivio. Los precios de los combustibles no solo acompañaron el ritmo devaluatorio del peso, sino que lo pulverizaron: en diciembre de 2025, el litro de nafta aumentó 7,6% en la Ciudad de Buenos Aires y 7,4% en el interior, cifras que casi triplican el índice de precios al consumidor del Indec, que fue de apenas 2,8% ese mes.
Este salto no es un accidente estadístico: es la manifestación cruda de un ajuste estructural que castiga al conjunto de la sociedad. Las petroleras, acompañadas por un esquema impositivo y una política cambiaria que empujan los costos hacia arriba sin freno, elevan los surtidores hasta niveles que ponen al combustible como uno de los rubros que más presionan sobre el bolsillo cotidiano.
Mientras el discurso oficial repite cifras anuales que intentan sugerir una desaceleración de los precios generales, el consumo básico de movilidad y transporte sube a un ritmo que no sólo supera a la inflación, sino que exhibe una lógica perversa: el encarecimiento de la nafta en dólares en CABA se aceleró un 30% desde diciembre de 2023, muy por encima de la depreciación del peso.
El fenómeno no se limita a la nafta. El gasoil, combustible esencial para el transporte de mercadería y el abastecimiento de bienes en todo el país, experimentó aumentos mensuales de hasta 8,2% en el interior y 6,2% en la Capital, consolidando una tendencia sostenida que castiga no solo al consumidor final sino también a sectores productivos clave.
Esto ocurre en un contexto donde los aumentos acumulados de los combustibles durante 2025 fueron del orden del 45,4% en CABA y 41,8% en provincias, muy por encima de la inflación anual de 31,5%.
La modalidad de aumentos “al compás del dólar”, sin aviso ni previsibilidad, expone una economía en manos de factores especulativos y decisiones de política económica que priorizan la estabilidad cambiaria sobre el poder adquisitivo real de la población. Los combustibles, lejos de ser meros insumos técnicos, funcionan como un impuesto regresivo adicional que tritura salarios, encarece alimentos y servicios, y profundiza la inequidad en un país donde millones ya luchan por llegar a fin de mes.
La evidencia empírica muestra con contundencia que el supuesto control de la inflación en 2025 es, al menos, parcial y engañoso cuando sectores básicos como los combustibles avanzan a un ritmo exponencial que termina por arrasar cualquier intento de alivio económico.







