17/12/2025.- Salta al Instante.- Por Cabecita Negra.- Foto portada: Uno de los accesos a la residencia de Olivos, que se manchó de sangre tras el suicidio del soldado que no podía alcanzar a pagar el alquiler, reflejo de la situación que viven millones de argentinos víctimas del gobierno de Javier Milei. Imagen: Web.
No aparecen en las cadenas nacionales ni en los gráficos de “éxitos macroeconómicos”. No cotizan en Wall Street ni figuran en los discursos triunfalistas del Gobierno. Pero existen. Y pesan. Son los muertos que deja un modelo que eligió el ajuste extremo, el abandono del Estado y la crueldad como método.
La muerte de un soldado en la residencia presidencial de Olivos sacudió, por unas horas, la superficie del poder. Un hecho grave, ocurrido en el corazón mismo del Estado, que abrió interrogantes sobre condiciones, responsabilidades y silencios oficiales. Rápidamente, el hermetismo y la minimización buscaron cerrar el tema. Como si fuera un daño colateral incómodo.
Pero ese no es un caso aislado. Es parte de un clima. De una época.
Mientras tanto, lejos de Olivos y sin cámaras, jubilados mueren sin medicamentos, enfermos crónicos quedan a la deriva tras recortes brutales en programas de salud, tratamientos oncológicos interrumpidos y prestaciones eliminadas en nombre del “déficit cero”. La motosierra no distingue cuerpos: pasa por farmacias, hospitales y hogares donde el frío y el hambre se vuelven sentencia.
En las calles, indigentes mueren de hambre, de frío o de abandono, convertidos en paisaje urbano por un gobierno que decidió criminalizar la pobreza en lugar de asistirla. No hay red, no hay refugio suficiente, no hay políticas de contención. Hay discursos que hablan de “merecimiento” mientras la gente se apaga en las veredas.
El gobierno de Javier Milei insiste en que “el mercado ordena” y que el ajuste es necesario. Pero cuando el ajuste mata, deja de ser una política económica y se convierte en una decisión moral. No es ideología: es consecuencia.
Cada recorte en alimentos, salud o asistencia social tiene nombre y apellido al final de la cadena. Cada programa eliminado no es un número: es una persona que queda sola. Cada jubilado que elige entre comer o medicarse no es una estadística: es una vida acorralada.
Los muertos de Milei no tienen mausoleo ni homenaje. No hay minuto de silencio por ellos. Hay, en cambio, una narrativa oficial que los borra, los niega o los culpa por su propia suerte.
Pero existen. Y son la otra cara del “éxito” libertario.
Porque gobernar también es hacerse cargo de las consecuencias. Y cuando un modelo necesita muertos para sostenerse, el problema no es el déficit: «ES EL GOBIERNO».







