06/01/2026.- Salta al Instante.- Foto portada: Escena inédita en EE.UU., Maduro se planta ante la Justicia y se declara prisionero de guerra. Manifestantes en apoyo al líder venezolano secuestrado por EE.UU.
Nueva York fue el escenario de una postal impensada hasta hace semanas. Nicolás Maduro, presidente de Venezuela capturado tras la ofensiva militar estadounidense, escuchó los cargos en su contra y respondió sin rodeos: no se declaró culpable, no pidió clemencia y no reconoció autoridad penal alguna. Se definió, directamente, como prisionero de guerra.
“Soy el presidente de Venezuela. No soy culpable. Soy inocente. Soy un hombre decente”, lanzó ante el juez federal Alvin Hellerstein, en una audiencia cargada de tensión política, diplomática y simbólica. No fue una defensa jurídica: fue una declaración de confrontación.
Un juicio con aroma a tribunal de vencedores
Maduro llegó al tribunal bajo un operativo de seguridad extremo, escoltado como trofeo de guerra y acompañado por su esposa, Cilia Flores. Ambos quedaron expuestos a una decisión que ya genera polémica internacional: la posibilidad de permanecer detenidos sin derecho a fianza mientras avanza un proceso judicial impulsado por Washington.
La fiscalía estadounidense, encabezada por Pamela Bondi, formalizó acusaciones de narcotráfico y terrorismo, vinculando al mandatario venezolano con una supuesta red criminal global. Una construcción jurídica que para sus defensores —y para buena parte del sur global— encubre una maniobra política: juzgar en territorio estadounidense a un jefe de Estado derrocado por la fuerza.
Derecho penal o botín geopolítico
La audiencia, lejos de despejar dudas, profundizó las sospechas. El mismo país que bombardeó Caracas ahora sienta a Maduro en el banquillo como si se tratara de un criminal común, omitiendo cualquier debate sobre soberanía, inmunidad presidencial o legalidad de la captura.
Detrás del discurso judicial aparece el trasfondo que nadie en la sala mencionó, pero todos conocen: el control del petróleo venezolano y el mensaje disciplinador al resto del mundo. No se juzga solo a un hombre. Se escenifica quién manda.
Un precedente explosivo
El juez Hellerstein fijó una nueva audiencia para el 17 de marzo. Hasta entonces, el destino de Maduro y Flores quedará en suspenso, mientras crecen las críticas de juristas, diplomáticos y organismos internacionales que advierten sobre un precedente peligroso: que las guerras terminen en tribunales del vencedor.
Maduro no pidió asilo, no negoció, no bajó la cabeza. Eligió pararse como prisionero de guerra ante un tribunal civil. El juicio recién empieza, pero el mensaje ya quedó claro: esta no es solo una causa judicial. Es una batalla más, ahora con toga y martillo.






