26/02/2026.- Salta al Instante.- Por Gaby Pachteng.- Foto portada: La compra más cara de la historia militar en democracia. Milei y Petri en Río Cuarto, Córdoba, en el estreno de los viejos F-16. Imagen: NA
En lo que podría ser el símbolo más explícito del giro geopolítico y la entrega de la soberanía estratégica del país, el gobierno de Javier Milei decidió desprenderse de 33.193.783 dólares del erario nacional para pagar a Estados Unidos por la capacitación de pilotos que deberán volar los aviones de combate F-16 adquiridos a Dinamarca. Este monto fue confirmado oficialmente por el Departamento de Guerra de los Estados Unidos, que adjudicó el contrato a la firma Top Aces Corp., con sede en Mesa, Arizona, bajo la modalidad de Ventas Militares Extranjeras.
Lejos de cualquier gesto de autonomía estratégica, la movida de Milei exhibe una dependencia absoluta de la potencia militar global que, además de venderle los cazas, ahora se lleva millones mientras entrena al personal argentino hasta el 30 de junio de 2029. La instrucción será, según los documentos oficiales, para “pilotos instructores”, con el objetivo de que Argentina alcance “capacidad operativa independiente fuera del territorio continental de EE.UU.” —una frase que suena a eufemismo de subordinación.
La compra de los F-16 —el mayor desembolso militar en democracia— había sido presentada por el propio Milei y su entonces ministro de Defensa Luis Petri como la “modernización” de la Fuerza Aérea. Sin embargo, el propio contrato y su ejecución dejan al descubierto que la modernización viene acompañada de soberanía reducida y un fuerte componente de tutela norteamericana.
El oficialismo, en su relato público, intenta construir esto como una victoria estratégica, mientras que en los pasillos de la Casa Rosada y en las Fuerzas Armadas se discuten los costos reales de subordinar la preparación de pilotos a un contrato redactado y negociado por Washington. El acuerdo se inserta en un proceso que no solo implica a los instructores, sino también a la llegada de apoyo logístico y técnicos daneses para armar y poner en marcha la flota, así como inversiones adicionales para infraestructura aeronáutica local.
Críticos de la política de defensa señalan que esta operación no solo “externaliza” la instrucción fundamental de pilotos, sino que pone en manos de terceros —y de una empresa privada estadounidense— un rol que por tradición y dignidad estratégica debería desarrollar un país soberano. Más aún cuando Argentina desembolsó cientos de millones de dólares en la compra de los F-16 sin garantías claras de autonomía operativa.
Mientras tanto, otros informes recientes muestran que el propio índice de confianza en el Gobierno acumula caídas desde noviembre de 2025, situación que analistas opinan está vinculada con decisiones como esta que generan “indignación fiscal” y sensación de subordinación en sectores de la sociedad.
Al cierre de esta edición, desde el Ministerio de Defensa argentino se defendió la operación como “clave para una Fuerza Aérea moderna”, pero la pregunta de fondo persiste: ¿es modernización pagarle a potencias extranjeras para enseñar a defender lo que todavía es, sobre el papel, el espacio aéreo argentino? Esa discusión —por ahora— queda abierta en un país que mira al cielo… con las manos en la billetera ajena.







