05/03/2026.- Salta al Instante.- Foto portada: Rabbani, en una imagen de archivo, durante su estadía en Argentina. Imagen: Daniel García/AFP.
En pleno vértigo bélico que sacude al mundo tras la escalada entre Irán, Estados Unidos e Israel, Mohsen Rabbani —el ex agregado cultural de la embajada iraní en Buenos Aires acusado por la Justicia argentina de ser uno de los cerebros detrás del atentado a la AMIA de 1994— reapareció en escena para intentar tranquilizar a su manera, negando que nuestro país pueda ser “objetivo” de Teherán pese a los terremotos estratégicos que se vienen desatando.
El personaje, un nombre que aún levanta ampollas en las víctimas y en amplios sectores de la sociedad, eligió hablar desde la comodidad de un canal de streaming para soltar una versión amable de una realidad explosiva: “Es incorrecto decir que Argentina, que está fuera de esta área, sea objetivo de algo”, sostuvo sobre un escenario internacional donde Irán amenaza con ataques globales contra embajadas israelíes si se intensifica el conflicto armado en Medio Oriente.
Lejos de asumir algún atisbo de responsabilidad por los 85 muertos y cientos de heridos de la AMIA —el peor atentado terrorista en la historia del país—, Rabbani se despegó una vez más de la gravedad de las acusaciones judiciales y, con tono casi paternal, proclamó que “los argentinos son amigos” y que “siempre estamos trabajando juntos”.
Desde su trinchera, donde la Justicia argentina lo señala como parte de una planificación que dejó cicatrices profundas —y donde él nunca se presentó a declarar—, no reparó en cuestionar indirectamente la política exterior de nuestro país, sugiriendo que sería “muy bueno” que el Gobierno argentino se coloque “del lado de la verdad” en un conflicto global que pone en riesgo a millones, aunque él mismo eluda responder por los hechos que marcan su nombre en la causa AMIA.
La aparición de Rabbani ocurre mientras las tensiones geopolíticas escalan y diversos gobiernos analizan escenarios donde Irán podría considerar como objetivo a representaciones diplomáticas israelíes en el mundo si se intensifican los bombardeos contra su misión en el Líbano, lo que ha encendido alertas incluso en países lejanos como Argentina, que ya fue escenario de ataques vinculados al conflicto en los años 90.
Pero lejos de admitir ese contexto de riesgo, Rabbani se centró en exaltar una supuesta hermandad con el pueblo argentino y, sin mencionar las graves acusaciones que pesan sobre él, planteó una visión benévola sobre la relación entre ambos países, como si pudiera borrar con palabras décadas de investigaciones, demandas judiciales y memorias rotas.
El intento de suavizar la realidad internacional con frases de amistad no logra ocultar la brutal historia que liga a este hombre con uno de los capítulos más dolorosos de nuestra memoria colectiva. Y mientras el conflicto global se desata, sus declaraciones parecen menos una aclaración y más un intento de lavar reputaciones bajo el manto de la retórica diplomática.







