SALARIOS EN PICADA: Los ingresos de los trabajadores formales perdieron terreno y ratifican una crisis estructural

13/02/2026.- Salta al Instante.- Foto portada: Ilustrativa. Imagen: Télam.
El Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) confirmó lo que millones de trabajadores ya sienten en carne propia: los salarios de los trabajadores formales no sólo cayeron en diciembre de 2025, sino que se contrajeron durante todo ese año, en una contracara brutal de la narrativa oficial que pretende mostrar cierta “recuperación” económica. El ajuste prendido fuego en los ingresos atravesó todos los sectores y dejó a la clase trabajadora en una situación de deterioro persistente que desnuda la incapacidad del modelo económico para garantizar trabajo digno y remunerado.

Según los datos oficiales, mientras los precios trepaban mes tras mes en 2025, el salario real de los asalariados registrados terminó el año por debajo de los niveles de 2024, marcando una contracción que no se veía desde hace años. Esta caída de ingresos, en un contexto de inflación persistente, convierte cada jornada laboral en una pérdida neta para las familias trabajadoras, que ven cómo su capacidad de compra se desmorona frente a tarifas, alimentos y servicios que siguen escalando. Los informes indican que incluso en diciembre —tradicionalmente un mes con aumentos salariales por paritarias— el poder adquisitivo cayó respecto de noviembre, evidenciando que los incrementos nominales quedaron muy por debajo de la erosión inflacionaria.

La pérdida de salario real no es un fenómeno aislado ni un capricho estadístico: responde a un proceso estructural donde el crecimiento de precios y la falta de aumento real convierten el trabajo formal en una trampa de precariedad. Organizaciones sindicales y gremiales, como la CGT y la CTA, vienen denunciando desde hace meses que la política salarial en el país está siendo erosionada por un conjunto de medidas y condiciones que favorecen a las grandes empresas y al capital financiero, mientras que el salario de los trabajadores se arrastra en la lona.

La respuesta oficial a este cuadro se refugia en conceptos técnicos y proyecciones optimistas, pero no logra ocultar la evidencia cotidiana: la mayoría de las familias trabajadoras no cubre con sus ingresos ni siquiera la canasta básica total (CBT), que según el Indec supera ampliamente el salario medio. Comer, pagar alquiler, transporte y servicios representa una tensión financiera permanente que no se soluciona con ligeros aumentos nominales cuando la inflación se come cualquier mejora real.

Este fenómeno de caída salarial se combina con un mercado laboral fragmentado y precarizado. El aumento de la informalidad laboral —trabajos sin aportes ni cobertura social— ya supera porcentajes alarmantes según informes oficiales y de organismos internacionales, y se presenta como complemento de una política económica que establece mayor flexibilidad a costa de derechos laborales básicos. Mientras tanto, el proyecto de reforma laboral impulsado por el oficialismo busca formalizar esta precarización, facilitando despidos y reduciendo la protección colectiva, lo que podría agravar aún más la situación salarial de los trabajadores registrados.

Las estadísticas oficiales también muestran que sectores tradicionalmente considerados como bastiones del empleo formal —como la industria manufacturera y la construcción— no lograron revertir la caída de salarios, aun cuando la producción llegó a registrar algunos signos de recuperación. Esto indica que cualquier crecimiento productivo está siendo capturado por márgenes empresariales más que por salarios dignos, reforzando una distribución regresiva del ingreso y profundizando las brechas de desigualdad.

Organismos de estudios independientes y universidades han advertido además que la caída del salario real impulsa un círculo vicioso de menor consumo, menor inversión y mayor vulnerabilidad social, especialmente en grupos de trabajadores jóvenes, mujeres y sectores con menor estabilidad laboral. Esta situación complica el acceso a derechos básicos, potencia conflictos sociales y abre interrogantes sobre la sostenibilidad de un modelo económico que promete mercados “dinámicos” pero deja a la mayoría de los trabajadores sin capacidad de consumo básico.

En definitiva, la caída de los salarios formales en 2025 no es una estadística aislada, sino la expresión más cruda de una economía que castiga al trabajo, reproduce inequidades y coloca al salario argentino bajo una presión implacable de la inflación, las tarifas y un modelo económico incapaz de garantizar una vida digna para los trabajadores registrados.