SOLO EL PUEBLO SALVARÁ AL PUEBLO

02/01/2026.- Página/12.- Por Federico Pita.-Foto portada: Basta de represión en los barrios. Vecinos de Villa Lugano reclaman justicia por el asesinato de Gabriel González. Imagen: Nicolás Parodi.
Constitución y Lugano fueron escenas finales de un año gobernado por el odio. En el balance del segundo año de Milei, el racismo aparece ya no como discurso marginal sino como programa de poder. Entre el antipueblo que gobierna y los autopercibidos pueblo que llegan tarde, una certeza se impone: solo el pueblo salvará al pueblo.

El 2025 cerró como abrió: con cuerpos negros en el suelo y un poder que goza. Los asesinatos de Constitución y Lugano a manos de la policía no son hechos aislados ni “excesos” de una fuerza de seguridad desbordada. Son escenas finales de una temporada política que hizo del castigo una pedagogía y del racismo un lenguaje común. El segundo año del gobierno de Javier Milei termina dejando una certeza brutal: el odio no es un desliz discursivo, es un programa. Y la violencia no es una falla del sistema, es su forma de ordenarse.

Ese es el proyecto del antipueblo. Un proyecto que no gobierna para mayorías sino contra ellas. Que no busca consenso sino sometimiento. Que no promete futuro sino “orden”. Milei y su constelación de funcionarios, comunicadores y trolls no administran la crisis, la convierten en espectáculo. El cuerpo negro baleado es su mensaje de fin de año, una postal que dice: “esto es lo que pasa cuando se sale del lugar asignado, cuando se levanta la cabeza, cuando se alza la voz”.

Hoy, incluso esos marcos empiezan a crujir. Los mismos intelectuales que hasta hace poco hablaban de guerra civil global, de un conflicto generalizado entre iguales, de sociedades fracturadas en bandos simétricos, comienzan tímidamente a admitir —a balbucear— que esa lectura se queda corta, que no todos los cuerpos están igualmente expuestos, que no todos ponen los muertos. Y aquí, quienes miraron siempre hacia afuera para pensar lo propio, ensayan una corrección, matizan, ajustan, reformulan. Reconocen, con culpa o con una culpa prolijamente administrada, que la violencia no es simétrica. Pero llegan tarde. Porque no hubo nunca una guerra civil que explicar. Lo que hay, en todo caso, es una guerra racial que en la Argentina se libra desde hace siglos, sobre los mismos cuerpos, con los mismos permisos y los mismos silencios. Lo nuevo no es esa guerra. Lo nuevo es que el poder dejó de disimularla y que algunos, recién ahora, empiezan a descubrir que no era “la crisis”, no era “el clima”, no era “la fractura social”. Era la raza, estúpido.

Entre el antipueblo que gobierna y los autopercibidos pueblo que llegan tarde, está el pueblo. El pueblo de los negros, villeros, originarios, el de los condenados de la tierra. El que pone los muertos. El que no necesita descubrir el racismo porque lo vive todos los días en el patrullero, en el juzgado, en el hospital, en las fronteras que cruza todos los días. Porque las fronteras no son solo líneas en los mapas ni puestos de control en los márgenes del país. Para un laburante del conurbano, para un negro, cruzar la General Paz o la avenida Rivadavia es una experiencia fronteriza. No porque haya cambiado de país, sino porque el Estado lo trata como si lo hubiera hecho. Las fronteras también están en las estaciones de tren, en los accesos a la Ciudad, en los retenes improvisados, en la mirada del policía que decide a quién pedirle documento.

El desafío de este tiempo nuevo no es moral ni electoral. Es político en el sentido más crudo: o se rompe de una vez la ficción de un pueblo sin raza, o el fin de año seguirá cerrando, una y otra vez, con los mismos cuerpos en el suelo.