15/01/2026.- Salta al Instante.- Foto portada: Reinaldo de 80 años se define como un “jubilado indigente”. Imagen: Sarah Pabst/Amnistia Internacional.
En un país donde los números oficiales celebran supuestas mejoras económicas, hay otra Argentina que no entra en las mesas oficiales ni en los discursos de “liberación económica”: la de los jubilados empujados a la precariedad estructural. Reinaldo, casi 80 años, ingeniero electromecánico y, según define con ironía amarga, un “jubilado indigente”, encarna esa realidad de vejez sin protección social ni dignidad mínima.
Mientras el Gobierno impulsa reformas y ajustes con cifras macroeconómicas como bandera, Reinaldo camina 11 cuadras —y a veces toma colectivo porque su cuerpo ya no responde— hasta un comedor comunitario para poder alimentarse; si falta tres días, lo sancionan. Esa no es “una anécdota”: es la trama de supervivencia de miles de jubilados que aportaron toda una vida y ahora terminan obligados a mendigar comida fuera de su casa.
Lejos de conformarse con la resignación que muchos intentan imponer, Reinaldo eligió tomar las calles junto a los “Jubilados Insurgentes”, un colectivo que rechaza la pasividad y exige lo elemental: pensiones que igualen la canasta básica del adulto mayor, acceso a salud, vivienda, alimentos, medicamentos y una vida con dignidad, no con sobras.
Su crítica va directo a la médula del ajuste: no es caridad lo que reclama, sino derechos que le fueron extraídos por políticas que congelan haberes, recortan aumentos e ignoran la crisis de pobreza entre los mayores. Y cuando la burocracia oficial le exige sacar turnos por internet o presentarse con alfabetización digital que muchos de su generación no tienen, la indignación estalla.
La vejez, lejos de ser un retiro silencioso, es hoy un campo de batalla: bastones contra protocolos burocráticos inhumanos, pancartas contra la exclusión digital, cuerpos cansados que se plantan frente al Congreso cada miércoles para gritar que callarse ya no es una opción. Reinaldo lo resume sin eufemismos: la dignidad no prescribe con los años y los derechos no tienen fecha de vencimiento.
En esta Argentina de cifras y discursos oficiales, hay quienes viven en otro mapa: un territorio donde la vejez insurgente desafía el ajuste, cuestiona la resignación y exige justicia social real, no migajas ni pacaterías retóricas.







