MEMORIA COMPLETA, SÍ

28/03/2025.- Página/12.- Por Cristian Vitale.-Foto portada: Bombardeo a la Plaza de Mayo y a la Casa Rosada. El pueblo esperaba un desfile de aviones y que desde los mismos arrojaran flores; los militares bajo el lema de «Cristo Vence» en vez de flores, les soltaron bombas, para luego huir como COBARDES a Uruguay, donde fueron recibidos como héroes, por atacar a un pueblo sin armas.  

Podría caber, en trance de memoria larga, llegarse hasta Manuel Dorrego, “El loco”, y dar cuenta de su fusilamiento sin juicio ni moral, a manos de Juan Lavalle, el 13 de diciembre de 1828, trece días después del golpe unitario contra el coronel –amado por negros, orilleros, pueblo en general– y del inicio de una de las dictaduras más breves pero cruentas de la historia argentina: la de los llamados decembristas, justamente liberales. Rivadavianos. Patriotas sin patria. Legitimadores, por caso, del millonario préstamo de la Baring Brothers, el primero de una larga serie. Podría caber, sino, Caseros y los más de doscientos soldados rosistas ahorcados sin más (entre ellos, el padre de Leandro N. Alem) en los árboles de la quinta del derrotado Juan Manuel de Rosas, en Palermo. Justo él, patriota con patria, que venía de defender fuerte a la Confederación Argentina –con la mayoría de su gente adentro– de las afrentas de la Francia y la Inglaterra imperiales. Más acá, pero no mucho, un tercer mojón asesino del siglo XIX: la masacre que fuerzas mitristas provocaron sobre las montoneras federales posteriores a Rosas. Masacre cuyo punto álgido simboliza la cabeza de Ángel Vicente “Chacho” Peñaloza exhibida en una pica en la Plaza riojana de Olta para escarmiento. Aquella que tentó al educador Sarmiento y su famosa carta a don Bartolomé: “No trate de economizar sangre de gaucho. Éste es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos esos salvajes”.

Estos tres hechos del siglo XIX –sumados a la de la Guerra del Paraguay, claro– habría que sumarlos a la cuenta total que pretenden los militantes contemporáneos de la “memoria completa”. Al igual que otros tantos del XX. Por caso, el de los radicales yrigoyenistas, degollados tras la rebelión del Paso de los Libres en un intento por contrastar los planes probritánicos de la concordancia, promediando la década infame. Que tendría entre sus partícipes, dicho sea para nada de paso, a don Arturo Jauretche. O las dos reacciones violentas contra Juan Domingo Perón y sus gobiernos, los más votados del siglo XX. La del 28 de setiembre de 1951, cuando el general Benjamín Menéndez intentó derrocar a sangre y fuego el gobierno constitucional, o la de las bombas que estallaron el 15 de abril de 1953, en medio de una manifestación peronista en Plaza de Mayo, provocando seis muertes y casi un centenar de heridos. Otra vez se trataba de derrocar un gobierno que defendía al pueblo y a la Nación, de los planes imperiales.

Si lo que se quiere es contar “toda la historia”, dar con la “memoria completa”, estos seis hechos se ofrecen como arranques posibles, pero ninguno tan certero y visceral como los bombardeos sobre gente inerme en Plaza de Mayo y otros puntos de la Ciudad de Buenos Aires, el 16 de junio de 1955. O como los fusilamientos contra toda norma, ética, ley y lógica ocurridos entre el 9 y el 12 de junio de 1956, tras el levantamiento de los generales patriotas Juan José Valle y Raúl Tanco contra la dictadura de Aramburu y Rojas que –a lo Rivadavia– terminaría abriendo las puertas del Estado Argentino a otro organismo de préstamo: el Fondo Monetario Internacional.

El primer desastre, el de los bombardeos a cielo abierto, dejó 308 muertos, más de mil heridos y excusas desopilantes, rayanas a la locura, como aquella de ciertos políticos instigadores del hecho, que sostenía que la culpa de las muertes ¡había sido de Perón!, quien por otra parte, zafó por poco de ser asesinado en Casa de Gobierno. El otro cataclismo humano, el de junio del ’56, acabó con la vida de 19 militares línea nacional y 14 civiles laburantes, en Campo de Mayo, la Escuela de Mecánica del Ejército, la Penitenciaría Nacional, los basurales de José León Suárez, el Regimiento 7 de La Plata, y la Unidad Regional de Lanús. Fusilamientos en su mayoría, tal como dieron cuenta en sus sesudas investigaciones Rodolfo Walsh en Operación Masacre, y Salvador Ferla en el nodal Mártires y Verdugos, no amparados bajo la Ley Marcial, dado que esta entró en vigencia luego de las detenciones que terminaría en el paredón. Ensamblados ambos hechos con el golpe de setiembre de 1955, en que Lonardi ensayó la misma frase que Urquiza en Caseros –“ni vencedores ni vencidos”–, y la larga proscripción posterior del Movimiento Nacional encarnado por el peronismo y sus banderas de soberanía, independencia y justicia social, ofrecen una plataforma ideal para buscar los orígenes de la pretendida “memoria completa”, que impulsan en estos tiempos los nostálgicos de la última dictadura. Los panegiristas endémicos de la entrega de la riqueza argentina.

Necesario, sí, a los fines de pacificar la memoria, la conciencia nacional y el futuro, resulta no dejar de recordar en negativo los asesinatos cometidos por la Triple A, y por organizaciones guerrilleras durante el espiral de violencia ocurridos mayormente durante el bienio 74-75. Pero más imprescindible aún es insistir sobre el terror provocado por la dictadura que devino a ello, cuyos crímenes no tienen par, por su morbosidad, por su carga enferma de crueldad, y por usar la fuerza del Estado para cometerlos. Va siendo hora ya, entonces, de ir un poco más allá de ambas terribles coyunturas, y trasladar la discusión por la memoria completa a los momentos en que este ciclo de violencia política, indeseable y oprobioso, se originó. Y esos momentos son los expuestos aquí, donde el poder real de cada época, apoyado en intereses espurios y de entrega, atacó a quienes supieron comprender a la patria y el pueblo por igual.