PATAGONIA EN LLAMAS: La tragedia de los incendios y el relato del Gobierno que no cierra

14/01/2026.- Salta al Instante.- Por Juan Pazos.- Foto portada: Personas caminan por una carretera mientras un incendio forestal arde en El Hoyo, Patagonia, Argentina. Imagen:: AP / Maxi JonasImagen.
La Patagonia arde nuevamente. Desde comienzos de enero, incendios forestales de enorme magnitud han devastado la provincia de Chubut, consumiendo más de 12.000 hectáreas de bosques nativos y plantados, amenazando comunidades, viviendas, infraestructura y la vida de sus habitantes. Los focos siguen activos y el fuego se reaviva una y otra vez en zonas como Epuyén, mientras el viento y las condiciones climáticas extremas complican la tarea de los brigadistas.

La primera y más elemental pregunta que merece una respuesta clara es por qué ocurre esto año tras año con una intensidad que crece sin control. La posición oficial del Gobierno nacional, además de minimizar los efectos reales de la crisis ambiental, se ha centrado en operativos discursivos y acusaciones que no están respaldadas por la evidencia disponible.

Durante los primeros días del fuego, el Ministerio de Seguridad habló de “grupos terroristas autodenominados mapuches” como posibles responsables de iniciar los incendios. Esa versión, repetida en redes oficiales, no encuentra sustento en la investigación judicial: el fiscal a cargo de la causa afirmó con claridad que no existe evidencia que conecte a comunidades mapuches con los incendios en curso, y que la investigación “no va por ese lado”.

Peor aún, en redes circulan versiones igualmente irresponsables sobre turistas israelíes —e incluso afirmaciones atribuidas a figuras mediáticas— como iniciadores de los focos. Las autoridades han señalado que no hay pruebas que respalden ninguna de esas teorías conspirativas, y que muchas de las imágenes compartidas están mal ubicadas o no tienen relación con los hechos.

Mientras tanto, la respuesta gubernamental no ha estado a la altura de la emergencia climática y social que enfrenta el país. Las brigadas trabajan con recursos limitados, el viento complica sus esfuerzos y las condiciones ambientales, agravadas por veranos más secos y temperaturas extremas, hacen que cada verano sea una condena anticipada. El número de brigadistas, la disponibilidad de equipamiento y la planificación preventiva no parecen haber sido una prioridad real en los últimos años, coincidiendo con recortes presupuestarios y la falta de políticas públicas robustas de prevención.

Más allá de la controversia sobre culpables —que las autoridades judiciales toman con cautela y rigor investigativo— la tragedia es climática y estructural. El clima extremo, la acumulación de material inflamable y la ausencia de una política estatal consistente y sostenida de prevención e intervención ponen en riesgo a la población y al patrimonio natural cada temporada. Responsabilizar a pueblos originarios o a turistas extranjeros por los incendios no solo es una distracción mediática peligrosa, sino también un intento de escurrir responsabilidades políticas fundamentales: no hay conspiración que sustituya a la negligencia estatal.

En paralelo, las comunidades afectadas, desde Epuyén hasta otros rincones de Chubut, no solo sufren el avance del fuego, sino también las consecuencias sociales y económicas que este deja: hogares destruidos, industrias turísticas paralizadas, terrenos arrasados y un ambiente natural que tardará décadas en regenerarse. La declaración de “catástrofe ígnea” por parte de autoridades locales es apenas un reconocimiento formal de un desastre que podría haber sido mitigado con políticas preventivas serias.

Este verano patagónico se parece peligrosamente más a un síntoma que a un hecho aislado: es la manifestación de una crisis climática global y de decisiones políticas locales que han priorizado el ahorro administrativo por encima de la protección del territorio y de la vida de las personas. Si no se reconoce la complejidad del fenómeno —y se actúa con políticas públicas a la altura—, la Patagonia seguirá ardiendo mientras los relatos oficiales se enredan en hipótesis sin fundamento y señalamientos que no resuelven nada.