03/06/2026.- Por Alicia Kirchner.- Foto portada: Sandra Pettovello, El «gemelo digital social» que impulsa el gobierno de Milei. Imagen: Captura de Video.
La discusión sobre la Inteligencia Artificial llegó finalmente al centro de la escena pública argentina. Y es una buena noticia. Porque detrás de las promesas tecnológicas se esconden algunas de las preguntas más importantes de nuestro tiempo: quién concentra el poder, quién toma las decisiones y cuál es el proyecto de sociedad que queremos construir.
En los últimos días se habló del llamado “gemelo digital social”. La polémica puso sobre la mesa preocupaciones legítimas vinculadas a la protección de datos, la soberanía tecnológica y los límites que deben existir cuando se trata de información sensible de millones de personas. Ese debate es necesario. Pero no suficiente. Porque si nos quedamos únicamente en la denuncia de los riesgos, corremos el peligro de abandonar una discusión aún más importante: qué papel debe ocupar la Inteligencia Artificial en un proyecto de desarrollo nacional con inclusión social.
Durante décadas, en Argentina y en América Latina, aprendimos que la información es una herramienta fundamental para ampliar derechos. Conocer mejor la realidad social permite llegar antes a los problemas, optimizar recursos escasos y construir políticas públicas más eficaces.
Quienes hemos trabajado durante años en el territorio sabemos que detrás de cada estadística, de cada expediente, hay una historia humana. Que detrás de cada indicador existe una familia. Que detrás de cada dato hay una persona con derechos, necesidades y sueños. Por eso resulta tan importante no confundir herramientas con fines.
La Inteligencia Artificial puede ayudarnos a comprender un segmento de la realidad, como determinados fenómenos sociales, anticipar escenarios críticos, fortalecer sistemas de salud, mejorar políticas educativas, optimizar programas alimentarios o coordinar intervenciones. Pero también puede convertirse en una nueva herramienta de concentración económica y política si su gestión queda exclusivamente en manos de grandes corporaciones globales.
Allí aparece uno de los grandes desafíos de nuestra época. Porque la discusión no es solamente tecnológica es necesario el contrapeso de la realidad social desde una mirada política e integral. Pensar que la combinación de algoritmos va a resolver la cuestión social es sencillamente un empobrecimiento en la conducción de la política.
Los problemas sociales tienen causas económicas, culturales, territoriales e históricas. Ninguna plataforma sustituye la responsabilidad democrática. Ninguna innovación tecnológica puede reemplazar la sensibilidad humana.
La política social no administra datos, construye ciudadanía. Y la construcción de ciudadanía exige presencia estatal, escucha, participación comunitaria y capacidad de organización colectiva.
La reciente encíclica Magnifica Humanitas del papa León XIV aporta una reflexión particularmente valiosa en este contexto. Allí se nos recuerda que el desarrollo tecnológico debe estar subordinado a la dignidad humana y al bien común. Que la técnica no puede transformarse en un nuevo poder autónomo capaz de definir por sí mismo el destino de las sociedades. Es una advertencia que merece ser escuchada.
Vivimos en una época donde la concentración de información se ha convertido en una de las principales fuentes de poder global. Por eso la regulación democrática ya no es una discusión secundaria. Es una condición indispensable para proteger derechos y preservar la soberanía de los pueblos.
La Argentina necesita debatir una legislación moderna sobre Inteligencia Artificial. Necesita participación del Congreso, de las universidades públicas, de los organismos científicos, de los trabajadores, de las organizaciones sociales y de la ciudadanía. Pero también necesita algo más profundo: definir una estrategia nacional. Porque innovación no es sinónimo de desarrollo.
El desarrollo ocurre cuando la ciencia y la tecnología contribuyen a reducir desigualdades, ampliar oportunidades y fortalecer la capacidad de decisión de una sociedad sobre su propio destino.
La verdadera pregunta que tenemos por delante no es qué puede hacer la Inteligencia Artificial por el Estado. La verdadera pregunta es qué Estado queremos construir para poner la Inteligencia Artificial al servicio de nuestro pueblo. De esa respuesta dependerá si esta revolución tecnológica se convierte en una herramienta de emancipación o en una nueva forma de dependencia. Y esa decisión, afortunadamente, todavía sigue siendo política.







