31/01/2026.- Salta al Instante.- Foto portada: Temporal de lluvia, granizo y ráfagas en Mendoza. Imagen: Noticias Arg.
La crónica del temporal que sacudió la provincia de Mendoza este viernes no es solo un relato de lluvia y granizo: es el testimonio de cómo las fallas estructurales del Estado y la precariedad de los servicios esenciales se tradujeron en miles de ciudadanos literalmente a oscuras y en riesgo. Lo que vivió el Gran Mendoza —inundaciones, árboles y postes derribados, más de 360 incidentes y cortes de energía generalizados que dejaron a hogares enteros sin luz ni agua potable— debería ser una alarma política imperdible.
El fenómeno meteorológico, con precipitaciones que equivalieron en pocas horas a casi una quinta parte de la lluvia que suele caer en todo un año, desbordó cauces y canales, inundó calles y hogares, y mostró sin filtros la vulnerabilidad de la infraestructura urbana. Fue un efecto natural exacerbado por la falta de planificación y de políticas preventivas serias.
Los informes oficiales hablan de más de 56.000 suministros eléctricos afectados durante la tarde, incluso cuando cuadrillas intentaban restablecer el servicio después de horas de interrupciones, y los cortes continuaban en barrios amplios al caer la noche. Más allá de números, son familias enteras sin luz ni comunicación, mientras las empresas prestadoras se limitan a anunciar “trabajos progresivos” sin comprometer plazos ni soluciones duraderas.
El temporal no fue un hecho aislado ni imprevisible: fenómenos similares ya habían golpeado a Mendoza y otras regiones en las últimas semanas, con tormentas de granizo, ráfagas de viento y lluvia intensa que expusieron fallas crónicas en el tendido eléctrico y en la gestión de servicios esenciales.
La narrativa oficial se centra en la fuerza de la naturaleza y en la cantidad de incidencias atendidas. Pero la realidad es que esta catástrofe climática fue agravada por una combinación de infraestructura envejecida, ausencia de inversión, planificación deficiente y falta de protocolos de emergencia eficaces. Lo que debería ser eje de debate para una política pública robusta —anticipación, refuerzo de redes y respuesta coordinada– se reduce a comunicados tibios y explicaciones técnicas.
Los rescates dramáticos —incluido el caso de menores arrastrados por la crecida de un dique, salvados por los bomberos— son un reflejo brutal de la fragilidad social ante la falta de políticas preventivas reales. En lugar de ver reforzada la resiliencia de los servicios básicos, una tormenta fuerte se transforma en un caos anunciado.
La política meteorológica y de gestión de riesgos del país no puede seguir siendo reactiva y fragmentaria. El temporal mendocino dejó claro que sin planificación, inversión en infraestructura y sistemas de prevención sólidos, cada evento climático severo se convierte en una crisis humanitaria contenida con parches, no con soluciones estructurales.






