22/04/2026.- Salta al Instante.- Foto portada: Ilustrativa. Web.
La deuda dejó de ser un recurso excepcional para convertirse en una condición permanente en la vida cotidiana de millones de familias argentinas. En el contexto del programa económico que impulsa el gobierno de Javier Milei, el endeudamiento —y en particular el que ocurre por fuera del sistema financiero— crece a un ritmo que expone tanto la fragilidad del ingreso como el retroceso de las redes tradicionales de contención.

Los datos trazan un mapa cada vez más extendido de hogares comprometidos con obligaciones que ya no se limitan a créditos bancarios. Según un informe de la consultora Focus Market, el endeudamiento total de las familias superó los 39 billones de pesos en el inicio de 2026. De ese monto, 32,1 billones corresponden al sistema financiero formal, mientras que 6,9 billones se ubican en el universo de la deuda no bancaria. Sin embargo, más allá del volumen, es su alcance lo que enciende las alarmas: el 59 por ciento de los hogares —casi seis de cada diez— tiene algún tipo de compromiso fuera de los bancos.
Ese universo incluye situaciones diversas que van desde préstamos personales informales hasta cuotas impagas de servicios, colegios o impuestos. En términos concretos, más de 6 millones de hogares están atravesados por este tipo de endeudamiento, con un promedio cercano a 1,1 millones de pesos por familia. Dentro de esa categoría, predominan los préstamos personales fuera del sistema financiero (46,6 por ciento), seguidos por las deudas impositivas (20,8 por ciento) y los préstamos entre familiares o amigos (15,9 por ciento).
Pero incluso esa última forma, históricamente asociada a redes de cercanía, muestra signos de agotamiento. El peso relativo de los préstamos entre conocidos viene en retroceso frente a otras modalidades, lo que sugiere que las familias ya no encuentran respaldo en su entorno inmediato y deben recurrir a alternativas más costosas o riesgosas para sostener el consumo.

El fenómeno no puede leerse sin atender a su causa principal: la dificultad creciente para afrontar gastos básicos. En los últimos meses se verificó un aumento sostenido en los niveles de incumplimiento en obligaciones corrientes. Las expensas pasaron de una mora del 1,4 por ciento al 4,9 por ciento, las cuotas educativas del 0,7 al 3,1 por ciento y los servicios del 2,3 al 5,4 por ciento. El endeudamiento, en este escenario, deja de estar vinculado a la compra de bienes durables y pasa a ser una herramienta para cubrir necesidades esenciales.
Esa presión también se traslada al sistema financiero formal. Los préstamos personales registraron un salto significativo en su tasa de irregularidad, que pasó del 3,5 al 13,2 por ciento, lo que implica que más de uno de cada ocho pesos prestados se encuentra en situación de mora. Las tarjetas de crédito siguieron una tendencia similar, con un incremento del 2 al 11 por ciento. En contraste, los créditos con garantía hipotecaria se mantuvieron estables en torno al 1 por ciento, reflejando el mayor compromiso de pago cuando hay un bien en riesgo.
El crecimiento del crédito explica parte del fenómeno. De acuerdo a datos oficiales, el financiamiento al sector privado alcanzó el 13,6 por ciento del PBI en enero de 2026, más del doble que en diciembre de 2023. Esa expansión permitió ampliar el acceso al crédito, pero también elevó el nivel de exposición de los hogares. Hoy, la deuda bancaria promedio por familia supera los 5,7 millones de pesos, lo que equivale a más de tres salarios formales.
El resultado es un entramado complejo en el que las familias combinan distintas fuentes de financiamiento —bancos, comercios, prestamistas informales— para sostener el consumo diario. Sin embargo, esa diversificación no implica mayor estabilidad, sino todo lo contrario: amplifica los riesgos en un contexto donde los ingresos no logran acompañar el ritmo de los precios.
La deuda aparece así como un sostén transitorio que permite llegar a fin de mes, pero que al mismo tiempo acumula tensiones hacia adelante. La caída del poder adquisitivo y la persistencia de la crisis económica reducen la capacidad de pago y elevan los niveles de mora tanto dentro como fuera del sistema financiero.
En ese escenario, el endeudamiento masivo funciona como una señal ambigua del modelo económico en curso. Por un lado, sostiene el consumo en el corto plazo; por otro, configura una estructura cada vez más frágil, en la que millones de hogares quedan atrapados en una dinámica de obligaciones crecientes. La expansión del crédito, lejos de resolver el problema de fondo, expone con mayor crudeza la distancia entre ingresos y costos de vida.
Con los prestamistas informales ocupando un lugar cada vez más visible en los barrios y con el sistema formal ampliando su alcance, el financiamiento de la vida cotidiana se redefine en clave de urgencia. En ese marco, la deuda ya no es una excepción: es, para buena parte de la sociedad, la única manera de sostener lo básico.






