08/06/2026.- Salta al Instante.- Foto portada: Supermercado. Imagen: Europa Press.
La postal económica que el Gobierno de Javier Milei intenta mostrar como una recuperación empieza a chocar contra una realidad cada vez más dura en los hogares argentinos. Mientras los discursos oficiales hablan de estabilización e inflación en baja, miles de familias enfrentan una emergencia silenciosa: ya no usan las tarjetas de crédito para comprar electrodomésticos o financiar un viaje, sino para poner comida en la mesa.
Y ahora ni siquiera eso está garantizado.
Los bancos comenzaron a restringir límites de crédito ante el crecimiento de la morosidad y las cadenas comerciales redujeron drásticamente las promociones en cuotas sin interés. El resultado es una combinación explosiva: salarios deteriorados, consumo en caída y hogares cada vez más endeudados.
La situación refleja el impacto de más de dos años de ajuste sobre el bolsillo de los trabajadores. Primero llegaron los recortes de gastos, las segundas marcas y la eliminación de consumos considerados «prescindibles». Después apareció el recurso de la tarjeta de crédito para cubrir necesidades básicas. Hoy, incluso esa herramienta comienza a agotarse.
El derrumbe que preocupa a bancos y supermercados
Los números ya encendieron todas las alarmas.
Las operaciones con tarjetas de crédito registraron en mayo una caída real del 4,6% respecto del mismo mes del año anterior y una baja del 1,7% frente a abril. Lo más preocupante es que la tendencia negativa se repite desde principios de año.
Detrás de esos números no hay un cambio cultural ni una mejora económica que reduzca la necesidad de financiamiento. Ocurre exactamente lo contrario.
Cada vez más personas llegan al límite de endeudamiento permitido y encuentran las puertas cerradas cuando buscan ampliar sus márgenes de crédito.
Las entidades financieras comenzaron a endurecer las condiciones porque observan un fenómeno que amenaza sus balances: miles de clientes ya no pueden pagar a tiempo.
La mora avanza y el sistema se pone en guardia
La morosidad se convirtió en la nueva pesadilla del sector financiero.
Los datos que manejan consultoras privadas indican que la irregularidad en los pagos de los hogares ronda niveles preocupantes. El crecimiento de la deuda impaga ya no afecta solamente a sectores vulnerables sino también a franjas de ingresos medios que durante años lograron sostener sus compromisos financieros.
La explicación es sencilla: los salarios perdieron capacidad de compra, los gastos esenciales aumentaron y muchas familias empezaron a utilizar el crédito para cubrir necesidades cotidianas.
Lo que antes servía para comprar una heladera o un televisor hoy se usa para pagar carne, leche, medicamentos o artículos de limpieza.
Ese cambio de comportamiento genera preocupación porque altera completamente la lógica del negocio financiero y comercial.
Comer primero, pagar después
La crisis se siente especialmente en supermercados y grandes cadenas comerciales.
Durante años, las tarjetas fueron una herramienta para impulsar ventas de bienes durables. Ahora la realidad es muy distinta: gran parte de las compras financiadas corresponde a alimentos y productos básicos.
El problema para las empresas es que el crédito destinado al consumo diario tiene un riesgo mucho más alto de convertirse en deuda incobrable.
En otras palabras, millones de argentinos están financiando la supervivencia cotidiana.
Y cuando una familia necesita endeudarse para comprar comida, cualquier imprevisto puede transformarse rápidamente en una situación de insolvencia.
Un dato estremecedor: comer menos para pagar deudas
Los números que llegan desde los barrios populares son aún más alarmantes.
Un relevamiento realizado en territorio bonaerense reveló que el 86% de los hogares atraviesa algún nivel de estrés económico mensual.
Casi la mitad de las familias reconoce que se endeuda para llegar a fin de mes. Pero el dato más impactante muestra hasta dónde llegó el deterioro social: cuatro de cada diez hogares afirman que reducen la cantidad o calidad de alimentos para poder cumplir con sus deudas.
La deuda ya no compite con las vacaciones, con el cambio del auto o con una salida de fin de semana.
La deuda compite directamente con la comida.
El informe describe una realidad brutal: las obligaciones financieras se están comiendo parte del presupuesto destinado a la alimentación.
El ajuste llega a la mesa
Mientras el Gobierno destaca indicadores macroeconómicos y celebra la desaceleración de la inflación, en millones de hogares la sensación es muy diferente.
La estabilidad económica prometida todavía no llegó a los bolsillos.
Por el contrario, crece la cantidad de familias que sobreviven gracias al fiado del almacén, a la tarjeta de crédito, a la ayuda de familiares o a programas de asistencia alimentaria.
Los bancos restringen préstamos porque temen no cobrar. Los supermercados eliminan promociones porque los costos ya no cierran. Y los consumidores quedan atrapados entre ingresos insuficientes y deudas crecientes.
La pregunta que empieza a inquietar incluso a los propios actores del sistema financiero es inquietante: si las familias ya no pueden endeudarse para comprar comida, ¿qué viene después?
Porque cuando el crédito deja de funcionar como salvavidas, la crisis social suele mostrar su cara más dura.







