11/06/2026.- Salta al Instante.- Foto portada: Ilustrativa. Web.
Mientras el Gobierno celebra una nueva desaceleración de la inflación, crecen las señales de deterioro en el mercado laboral. La pérdida de poder adquisitivo, la precarización del empleo y el aumento del endeudamiento familiar exponen la cara menos difundida del programa económico de Javier Milei.
La baja de la inflación volvió a convertirse en la principal bandera del gobierno de Javier Milei. Con un índice de mayo que rondaría entre el 2,1% y el 2,3%, la Casa Rosada prepara un nuevo capítulo de su relato de éxito económico. Sin embargo, detrás de los festejos oficiales y de los aplausos de los mercados financieros aparece una realidad mucho menos alentadora: el empleo se deteriora, los salarios pierden capacidad de compra y cada vez más familias recurren al endeudamiento para llegar a fin de mes.
La estrategia libertaria parece haber encontrado una fórmula para contener los precios, pero a costa de un fuerte sacrificio social. El ajuste fiscal, la caída del consumo y la pérdida de poder de negociación de los trabajadores configuran un escenario donde la estabilidad macroeconómica convive con una creciente fragilidad laboral.
A más de dos años y medio del inicio de la gestión, el mercado de trabajo emerge como el principal punto débil del modelo económico. Aunque el desempleo aumentó de manera moderada, el verdadero problema se encuentra en la calidad del empleo. Crecen la informalidad, el trabajo precario y las modalidades laborales de baja protección, mientras los salarios continúan perdiendo terreno frente al costo de vida.
La situación se agrava por el incremento de los gastos fijos. Los trabajadores no solo enfrentan ingresos más bajos en términos reales, sino que además destinan una porción cada vez mayor de sus recursos al pago de tarifas y servicios. El resultado es una reducción constante del dinero disponible para consumo, ahorro o inversión familiar.
La consecuencia directa de este fenómeno es el crecimiento del endeudamiento de los hogares. Créditos, préstamos personales y financiamiento informal se multiplican como mecanismo de supervivencia frente a ingresos que ya no alcanzan para cubrir las necesidades básicas.
Mientras tanto, el Gobierno insiste en presentar la desaceleración inflacionaria como una prueba definitiva del éxito de su programa económico. Sin embargo, para amplios sectores sociales, la estabilidad de los precios perdió valor cuando se combina con salarios debilitados, empleo precario y perspectivas laborales cada vez más inciertas.
Otro de los cuestionamientos apunta al perfil productivo que emerge del modelo libertario. Los sectores vinculados a la exportación de recursos naturales, como el agro, la energía y la minería, muestran dinamismo, mientras gran parte de la industria, el comercio y las actividades intensivas en empleo atraviesan dificultades. La economía crece en algunos sectores, pero ese crecimiento no necesariamente se traduce en más puestos de trabajo ni en mejores condiciones para los trabajadores.
En este contexto, el debate económico trasciende la discusión sobre la inflación y el déficit fiscal. La pregunta que comienza a instalarse es si la estabilidad conseguida resulta sostenible cuando una parte creciente de la sociedad percibe que su calidad de vida empeora.
Para los críticos del oficialismo, el problema ya no es únicamente cuánto bajan los precios, sino quién paga el costo de esa baja. Y la respuesta parece repetirse en cada indicador social: trabajadores con menor poder adquisitivo, familias más endeudadas y un mercado laboral que muestra señales de desgaste cada vez más evidentes.







