17 de Octubre: la lealtad no se declama, se demuestra; el que abandona al peronismo, que no vuelva a golpear la puerta

17/10/2026.- Por Cabecita Negra.- Foto portada: Los «Cabecitas Negras» con los pies en la fuente, el 17 de octubre de 1945. Imagen: Web. Coloreada con IA.
Mientras Cristina Fernández de Kirchner permanece proscripta, el peronismo se fragmenta en actos separados, disputas de poder y proyectos personales. Gobernadores que llegaron al poder con el respaldo del peronismo, legisladores que consiguieron sus bancas con votos peronistas y dirigentes que hoy negocian por su cuenta deben responder una pregunta incómoda: ¿siguen representando al movimiento o solamente utilizan su historia cuando les conviene?

Cada 17 de Octubre, el peronismo vuelve a pronunciar las palabras que marcaron su historia: lealtad, pueblo, justicia social, independencia económica y soberanía política. Se recuerda a Perón y a Evita, se levantan banderas y se pronuncian discursos encendidos. Pero este año hay una pregunta que debería incomodar a más de uno: ¿de qué sirve gritar «¡Viva Perón!» si, cuando llega el momento de defender al movimiento, cada dirigente corre detrás de su propia conveniencia?

La lealtad no se mide cuando el poder está asegurado, cuando las encuestas acompañan o cuando una candidatura promete un lugar en las listas. Se demuestra en la adversidad, cuando defender una causa puede costar cargos, acuerdos políticos y privilegios. Y es precisamente en ese momento cuando el peronismo parece haber perdido una de las cosas que alguna vez lo hicieron fuerte: la capacidad de reconocerse detrás de una conducción común.

Cristina proscripta y el peronismo mirando su propio ombligo

Cristina Fernández de Kirchner está alcanzada por una condena judicial que le impide competir electoralmente. Sus seguidores denuncian una proscripción política; sus adversarios sostienen que se trata de las consecuencias de una sentencia judicial. Esa disputa atraviesa hoy al país. Pero hay una realidad que ningún dirigente peronista debería esquivar: la principal figura política y electoral del espacio está fuera de la competencia electoral, mientras el movimiento no consigue construir una respuesta unificada.

La discusión sobre la legitimidad de la condena no elimina la responsabilidad de los dirigentes de definir qué posición asumen. Tampoco significa que defender políticamente a Cristina obligue a negar la Justicia o a renunciar a la autocrítica. Significa entender que no se puede invocar la historia del peronismo mientras se guarda silencio frente a una situación que una parte central de su electorado considera una proscripción.

Mientras tanto, aparecen actos separados, convocatorias que compiten entre sí y dirigentes más preocupados por demostrar quién tiene mayor capacidad de movilización que por construir una respuesta común.

¿Qué lealtad se celebra cuando cada sector arma su propio escenario, cada dirigente busca su propia foto y cada armado electoral tiene como prioridad sobrevivir por separado?

El peronismo siempre estuvo atravesado por debates, disputas y contradicciones. El problema no es discutir la conducción: el problema es convertir las diferencias en una excusa permanente para no construir una estrategia común. Una cosa es debatir el futuro del movimiento y otra muy distinta es aprovechar su debilidad para levantar un proyecto personal.

Gobernadores que llegaron con el peronismo y ahora deben dar explicaciones

Hay una responsabilidad política que no puede quedar afuera de este debate: la de los gobernadores que llegaron al poder con el respaldo del peronismo, construyeron sus carreras dentro de sus estructuras políticas y recibieron el apoyo de votantes que confiaron en una identidad histórica, pero que hoy parecen priorizar sus propios acuerdos con el Gobierno nacional.

Gobernar una provincia exige negociar, conseguir recursos y defender los intereses de sus habitantes. Nadie puede cuestionar por sí mismo la búsqueda de acuerdos institucionales. Pero una negociación deja de ser una herramienta legítima cuando se transforma en una excusa para acompañar decisiones que perjudican a los mismos sectores populares cuyo respaldo permitió llegar al poder.

No se puede reivindicar a Perón durante una campaña y después mirar para otro lado cuando se ajusta a los trabajadores, se deterioran las jubilaciones, se desfinancian las universidades públicas o se debilitan las economías regionales.

Los gobernadores tienen autonomía y responsabilidades institucionales. No están obligados a obedecer ciegamente a una conducción partidaria. Pero esa autonomía tampoco los exime de explicar sus decisiones ante quienes los votaron.

Si llegaron al poder con el peronismo, deben explicar qué queda de ese compromiso cuando sus decisiones políticas los acercan al Gobierno de Javier Milei.

¿Dónde están los límites de sus acuerdos? ¿Qué medidas nacionales están dispuestos a rechazar? ¿Qué están haciendo para defender a sus trabajadores, jubilados y sectores productivos? ¿Qué diferencia concreta existe entre un gobernador que se reivindica peronista y uno que solamente administra su provincia negociando con el poder de turno?

No alcanza con una declaración de identidad. Hay que demostrarla con hechos.

Quien considere que su proyecto provincial está por encima de la estrategia nacional del peronismo tiene derecho a defenderlo. Pero también debe asumir las consecuencias políticas de esa decisión. No se puede reclamar el voto peronista, conservar sus beneficios electorales y desentenderse de sus responsabilidades cuando llega la hora de dar explicaciones.

El 17 de Octubre no es una franquicia para dirigentes

La fragmentación de los actos de este 17 de Octubre puede parecer una disputa de agenda. Pero el problema de fondo es más profundo: cada sector corre el riesgo de transformar una fecha histórica del movimiento obrero en una vidriera para sus aspiraciones particulares.

Un acto para demostrar quién convoca más. Otro para mostrar quién tiene mayor poder territorial. Otro para instalar una candidatura. Otro para dejar abierta una negociación. Y, en medio de todo, el pueblo que necesita una alternativa política frente a un modelo económico que golpea sus condiciones de vida.

El Día de la Lealtad no nació para consagrar ambiciones individuales. Nació de una movilización popular que reclamó la libertad de Perón y dejó una marca indeleble en la historia argentina. Su significado político excede cualquier conducción circunstancial: expresa la irrupción de los trabajadores como protagonistas de la vida nacional.

Por eso resulta tan contradictorio que una fecha asociada a la unidad popular termine convertida en una competencia de aparatos.

Perón no construyó un movimiento nacional para que cada dirigente lo utilizara como trampolín hacia su propia carrera política. Y Evita no convirtió la justicia social en una bandera para que se la invoque únicamente durante los actos.

Si cada sector considera que su supervivencia depende de debilitar al otro, el problema no es solamente de conducción: es de responsabilidad histórica. Mientras los dirigentes miden fuerzas entre sí, el adversario político gobierna, fija la agenda y avanza con sus propias decisiones.

La dispersión no es una estrategia por el simple hecho de que cada sector la presente como una expresión de pluralidad. A veces, la fragmentación es apenas una forma elegante de esconder la incapacidad de ponerse de acuerdo.

La lealtad también exige discutir los errores propios

Defender a Cristina Fernández de Kirchner no obliga a convertirla en una figura incuestionable. Defender al peronismo tampoco exige negar sus derrotas, sus contradicciones, sus internas destructivas ni las responsabilidades de sus propios dirigentes en el deterioro de la confianza pública.

Un movimiento que pretende volver a representar a las mayorías necesita autocrítica, renovación, propuestas y una discusión seria sobre su futuro. Necesita recuperar la confianza de quienes dejaron de votarlo, escuchar a los trabajadores que no llegan a fin de mes y hablarle a una juventud que no encuentra respuestas en las estructuras políticas tradicionales.

Pero la autocrítica no puede convertirse en una excusa para la deserción oportunista. Cuestionar una decisión de la conducción es legítimo. Discutir una estrategia electoral es necesario. Proponer una renovación es saludable. Lo que no resulta convincente es invocar esas diferencias únicamente cuando llega el momento de defender una posición colectiva, mientras se conserva el beneficio personal de pertenecer al espacio.

La lealtad no significa callar. Significa hacerse cargo.

Y hacerse cargo implica reconocer que la fragmentación del peronismo no es responsabilidad de una sola persona. Es el resultado de decisiones, ambiciones y disputas que involucran a múltiples dirigentes, incluidos aquellos que hoy pretenden presentarse como salvadores de un movimiento al que contribuyeron a debilitar.

El que se va, que explique por qué; el que se queda, que demuestre para qué

El peronismo necesita una definición política. No otra ceremonia, no otra fotografía multitudinaria, no otro discurso sobre la unidad pronunciado por dirigentes que al día siguiente vuelven a actuar como adversarios irreconciliables.

Necesita saber quiénes están dispuestos a construir una alternativa colectiva y quiénes prefieren utilizar el sello, la historia y los votos del movimiento mientras les resulte conveniente.

Quienes decidan construir un camino por fuera del peronismo tienen derecho a hacerlo. Nadie puede obligarlos a permanecer en una organización política. Pero también deben asumir las consecuencias de esa elección y explicar a sus votantes por qué consideran que su proyecto personal está por encima de la construcción colectiva que alguna vez representaron.

Y quienes decidan permanecer dentro del movimiento deben demostrarlo con algo más que declaraciones. Deben construir acuerdos, defender a los sectores populares, sostener posiciones coherentes y discutir una estrategia que permita enfrentar al Gobierno nacional con propuestas concretas.

En cuanto a Cristina, la discusión sobre la conducción no puede reducirse a una prueba de obediencia personal. El peronismo necesita una conducción legitimada, una estrategia democrática y un proyecto capaz de representar a las mayorías. Pero tampoco puede fingir que su principal figura política no existe o que su situación judicial y electoral es un asunto menor para la identidad del espacio.

Si consideran que Cristina ya no debe conducir, que lo discutan de frente, con argumentos y con una alternativa política real. Lo que no pueden hacer es aprovechar su ausencia de la competencia electoral para repartirse los restos de un movimiento que todavía representa a millones de argentinos.

La política exige coraje para discutir y honestidad para asumir las consecuencias de las decisiones. Lo demás es especulación.

Este 17 de Octubre, que cada uno se mire al espejo

En el Día de la Lealtad, no hace falta pedir juramentos ni repartir certificados de pureza peronista. Hace falta algo mucho más incómodo: que cada dirigente explique qué hizo con la confianza que recibió, a quién representa hoy y qué está dispuesto a defender cuando los intereses personales entran en conflicto con los colectivos.

Que los gobernadores expliquen qué significa para ellos la justicia social. Que los diputados y senadores digan qué mandato honran. Que los dirigentes que organizan actos separados expliquen qué estrategia proponen para reconstruir la unidad. Que quienes cuestionan a Cristina presenten una alternativa concreta y que quienes la defienden también asuman la responsabilidad de construir un proyecto que vaya más allá de una consigna.

La lealtad no se hereda, no se compra con una candidatura y no se demuestra pronunciando el nombre de Perón frente a una multitud. Se demuestra con decisiones.

Porque si el peronismo termina reducido a una colección de dirigentes que utilizan su historia para llegar al poder y después se olvidan de quienes los llevaron hasta allí, el problema no será solamente la proscripción de Cristina ni la fragmentación de sus actos. Será que el movimiento habrá empezado a traicionar aquello que dice defender.

Este 17 de Octubre, la pregunta no es quién tiene el acto más grande, quién consigue la foto más conveniente o quién logra instalar su nombre en las próximas listas.

La pregunta es quién sigue estando del lado de los trabajadores, de los jubilados, de los humildes y de quienes necesitan una política que los represente.

Y a quienes decidan cruzar definitivamente la frontera política, les corresponde una decisión tan legítima como inevitable: que expliquen por qué se van, que asuman a quiénes representan y que dejen de utilizar la identidad peronista como un salvoconducto electoral.

Porque la lealtad no consiste en obedecer a una persona sin discutir. Consiste en no traicionar al pueblo en nombre del cual se llegó al poder.

Este 17 de Octubre, menos liturgia y más convicciones. Menos actos para dirigentes y más política para el pueblo. Porque el peronismo no necesita más propietarios de su historia: necesita dirigentes dispuestos a hacerse responsables de su presente.