18/06/2026.- Por Carlos Barragán.- Foto portada: Manuel Adorni antes de asumir como funcionario de Milei. Imagen: Archivo.
Quizá compartamos el hartazgo por el caso Adorni, y más que por el caso, por la persona; y más que por la persona, por escuchar todo el día hablar de él y del caso. Pero después de la entrevista donde explicó que él fue un pobre millonario (como cantaba Charly en Cinema Verité) y de paso un evasor, a mí me cambió la mirada sobre el tema. Adorni se merece una película, una biopic, un libro, algo con un tratamiento artístico. El tipo sin un mango que vende autos, que después se reinventa “periodista”, y que al final entra a la Casa de Gobierno para denostarnos, humillarnos, culparnos, reírse de nosotros y de la gente que queremos. El tipo que se dedica a sobrar y psicopatear a los periodistas que convoca a sus conferencias de prensa, que golpea a los más débiles de la sociedad para quitarles el pan mientras los acusa de delincuentes y se llena los bolsillos, el que abre la boca nada más que para mentir. El tipo se siente Nerón o algo así, y la soberbia le hace creer que es tan poderoso e impune como los verdaderamente poderosos a los que les sirve banquetes de negocios sucios.
Cebar es un buen término. Adorni es un cebado, como los animales que encuentran el alimento que el humano les deja, y vuelven a buscarlo, cada vez con mayor confianza, amansados, sin preocuparse, y siempre voraces (el animal con una voracidad que necesita para sobrevivir, Adorni con una voracidad propia de su especie). Entonces cebado hasta el copete, cuando ya gastó en una parrilla lo que vale un departamento, cuando ya reventó miles de dólares en relojes y boludeces, cuando ya se está sintiendo –por primera vez en su vida- parte de la gente a la que la plata le sobra y no le cuesta… Adorni se siente bien, porque está cebado y el cebado nunca conoce su condición.
Entonces Adorni sabe lo que es tener un traje bueno sobre el cuerpo, cómo se ve, cómo cae, cómo se siente, cómo huele estar bien vestido. Adorni conoce el olor de la buena vida, de los autos buenos, el olor de cuando las cosas –todas las cosas- son nuevas. Y Adorni cae en la trampa. Él quería dejar el pollo con arroz, porque aunque en la foto esté sonriendo por dentro lo está odiando. Adorni cree que merece más, que merece viajar en jet privado, tomando champán, como los cagadores que él admira. Adorni quería la buena vida de la mala gente y ahora la conoce y la tiene.
Pero está cebado, y lo descubren. Descubren su patio de ayer y sus gastos de hoy. Pero no puede parar, lo descubren robando y él promete solucionar el problema. Me lo imagino con su voz engolada y su pose de porteño pasadísimo de piola “quedate tranquilo, Javo, vos confiá en mí que nunca te voy a fallar”. Creyendo que ya es un cagador tan avezado como sus colegas del gabinete piensa que puede salir de todas sus trapisondas como han salido ellos una y otra vez. Entonces, Adorni, en lugar de escaparse, callarse o bajar el perfil, sigue creyendo que él puede. Él solito se metió en esto, él solito lo logró, y él solo va a salir, nadie confía tanto en Adorni como Adorni mismo.
Me imagino la película, la escena donde él está explicando cómo ganó cientos de miles de dólares con las “bitcoin” (que pronuncia mal, como los que no sabemos nada del tema). Y pegada, Adorni encendiendo un fuego con papel de clarín y fósforos tres patitos en la parrillita pobre donde va a hacer pollo con arroz, en la misma época en la que ahora asegura que ya era un tipo bastante rico. Corte a cuando dice 500 mil dólares en “bitcoin” mal dicho, corte a años atrás asegurando que ni loco pondría un peso en “bitcoin”. Adorni desesperado tratando de hablar con el contratista que le hizo la cascadita para que no lo queme, Adorni diciéndole a su mujer que se agarre plata del cajón para lo que necesite, “pero acordate de firmar el contrato que te dije”, y “tranca que abajo el auto te está esperando”. Una especie de amor hay en su matrimonio, porque ella creyó en el Adorni de alpargatas, creyó en su promesa de hacer mucha guita y él la cumplió.
La película sigue. El Adorni con pelo y reloj no tiene ningún cariño por el Adorni con parrillita, lo desprecia, lo quiere borrar de su memoria. Ese Adorni perdedor no es lo que quiere que vean sus hijos, prefiere a éste que por un rato puede llegar a ir preso, como cualquier gran cagador con guita lleno de juicios que nunca van a ningún lado. Adorni, el de la peli, no sabe que su pasado lo condena. No entiende lo que significa que ninguno de los grandes cagadores que él admira haya cocinado un pollo con arroz en alpargatas en un patio sin revoque. Y esa foto certifica que nunca va a pertenecer. Nunca.
Sigue la película que es una especie de Buenos Muchachos donde Adorni es un Ray Liotta estúpido y jactancioso, él sí le compra el tapado de armiño a su mujer. Pero para hacer justicia con esta historia habría que meter otras escenas: la Patagonia con lagos secados por la minería regalada, Vaca Muerta y los temblores que provoca el fracking, los nenes que comen a veces, los jóvenes que revuelven la basura, los que pierden el trabajo productivo y se van a andar en motito, las escuelas y universidades en decadencia planificada, los profesionales que se van, los viejos sin remedios, los enfermos que mueren sin asistencia, los que deben dormir en las veredas, las fábricas que no fabrican, los comercios que no venden… un país, una sociedad entera que sufre y se apaga.
Adorni tiene miedo, pero todavía siente que es capaz de esquivar la cárcel. Le dicen que le van a dar un consulado. Su mujer se entusiasma, ella piensa en un caserón en Miami, empleados a su cargo, auto oficial, gastos corrientes, sueldo en dólares y negocios por hacer. Pero Adorni espera un llamado que no llega y empieza a desconfiar de sus talentos, en realidad desconfía de sus amigos, de los buenos muchachos que lo llevaron hasta donde siempre quiso estar y mira la foto que es meme y es condena hace rato. Se ve con alpargatas y piensa que parece un negro “¿mis alpargatas están en algún lado?”, le grita a su mujer que está arreglándose en otra habitación. Su mujer no contesta, no lo escucha. Él mira el celular que no suena, se mira los zapatos Etiqueta Negra de 500 dólares, y mira la foto de la parrillita pobre, la cámara se acerca y la imagen del fueguito quieto se agranda, entonces cobra vida el fuego y arde, hasta que ocupa toda la pantalla. Fin.







