07/11/2026.- Salta al Instante.- Foto portada: Marcha del Orgullo. Imagen: Web.
La Marcha del Orgullo y la visita del Papa ponen en debate el vínculo entre religión, feminismo, diversidad y juventudes. Jóvenes de distintas comunidades reclaman mayor apertura, participación y cambios dentro de las instituciones religiosas.
Este fin de semana, Argentina será escenario de dos acontecimientos que, desde distintas perspectivas, interpelan a las nuevas generaciones: la Marcha del Orgullo, que vuelve a movilizar a miles de personas en defensa de las diversidades sexuales y de género, y la llegada del papa León XIV, quien tendrá entre sus actividades un encuentro con jóvenes.
La coincidencia de ambos acontecimientos permite poner en discusión el vínculo entre religión, identidad, juventud y derechos, especialmente frente a las demandas que los feminismos y las diversidades plantean a instituciones que todavía conservan posiciones tradicionales sobre cuestiones centrales de la vida contemporánea.
En las últimas décadas, los feminismos y los movimientos de la diversidad transformaron los debates sobre el cuerpo, la autonomía, la sexualidad, los vínculos y las identidades. Esas discusiones también llegaron a las comunidades religiosas, donde conviven distintas maneras de interpretar la fe y las tradiciones.
Para muchos jóvenes, la espiritualidad no necesariamente entra en contradicción con el feminismo o con el reconocimiento de la comunidad LGBT+. Sin embargo, la convivencia genera tensiones cuando determinados discursos religiosos chocan con experiencias e identidades que todavía reclaman reconocimiento y mayor apertura.
Cuando la fe y el feminismo dejaron de ser incompatibles
La relación entre religión y feminismo también tiene antecedentes dentro de las propias comunidades. En Argentina, la organización Católicas por el Derecho a Decidir, fundada en 1993, articuló fe, teología feminista y defensa de la autonomía de las mujeres.
Durante el debate por la legalización del aborto, muchas mujeres religiosas atravesaron procesos de revisión de sus propias creencias.
Sol Santa Cruz, psicóloga y trabajadora social, evangélica pentecostal y referente de su comunidad, contó que pasó de sostener la posición de “las dos vidas” a cuestionar sus propias ideas a partir de conversaciones con amigas feministas.
Ese proceso también la llevó a revisar situaciones de control y abuso que había naturalizado en su relación de pareja y en espacios religiosos.
Milagros Acosta, docente y coordinadora de la Red de Jóvenes Federal de Católicas por el Derecho a Decidir, atravesó una experiencia similar desde el catolicismo. Durante la llamada Marea Verde, participaba activamente de la Iglesia y estudiaba para convertirse en docente.
Su recorrido le permitió descubrir que no necesariamente tenía que elegir entre su fe y sus convicciones feministas.
Ambas experiencias muestran una discusión que atraviesa a las nuevas generaciones: la posibilidad de revisar las tradiciones religiosas sin abandonar necesariamente la fe.
Diversidad y pertenencia: el reclamo de los jóvenes
Las demandas de transformación también aparecen entre jóvenes que debieron buscar espacios donde su identidad y su orientación sexual pudieran convivir con su pertenencia religiosa.
Julián Tróccoli, licenciado en Comunicación Social, docente e investigador de la Universidad Nacional de La Plata, contó que a partir de su identificación como disidente de género comenzó a sentir que no terminaba de pertenecer ni a los espacios religiosos ni a algunos ámbitos de la diversidad.
Aun así, decidió permanecer en esos espacios porque considera que también pueden transformarse desde adentro.
Félix Alagastino, docente y profesor de Ciencias Sagradas y Filosofía, atravesó un proceso similar. Al aceptar su identidad y orientación sexual, se alejó de comunidades más tradicionales y encontró otros grupos donde pudo expresar su fe sin ocultarse.
Actualmente participa de un grupo de oración LGBT+ y de una comunidad ecuménica de reflexión sobre espiritualidad y diversidad.
Desde su perspectiva, la Iglesia debería recuperar una mirada de Jesús como una figura “disruptiva, rebelde”, capaz de cuestionar las estructuras que controlan la vida de las personas.
Braco Ynserra Arezo, periodista, plantea una demanda similar: una Iglesia abierta en la que todas las personas puedan encontrar su lugar sin tener que adoptar una determinada mentalidad de grupo.
Escuchar a los jóvenes no alcanza
El debate también alcanza a la relación entre las instituciones religiosas y las juventudes.
El sacerdote Eduardo Mangiarotti, párroco y profesor de Teología, considera que las nuevas generaciones conviven con las contradicciones institucionales de una manera diferente a las generaciones anteriores.
En su parroquia buscan construir un espacio seguro para personas LGBT+ y sostienen que la apertura requiere escuchar las experiencias concretas y revisar las formas de autoridad.
Para Mangiarotti, el desafío consiste en dejar de pensar solamente qué actividades ofrecerles a los jóvenes y comenzar a reconocerlos como protagonistas.
En esa misma línea, Milagros Acosta plantea una diferencia central: una cosa es invitar a los jóvenes a hablar y otra es permitir que sus voces tengan un protagonismo real.
El reclamo cuestiona una mirada que coloca a las juventudes únicamente como destinatarias de orientación o preparación para un futuro protagonismo. La demanda es que puedan participar y transformar el presente.
Qué esperan los jóvenes de León XIV
La visita de León XIV a la Argentina, prevista entre el 8 y el 11 de noviembre, genera expectativas diversas.
Para algunos, será una oportunidad de encuentro; para otros, puede abrir conversaciones sobre el vínculo entre la Iglesia y la sociedad. También aparece la expectativa de que el Papa se pronuncie sobre problemas sociales y políticos del país.
Pero existe una preocupación común: que la visita no quede solamente en una celebración multitudinaria.
Félix Alagastino espera que el Papa coloque en el centro las desigualdades sociales, las diversidades y los desafíos vinculados con el capitalismo digital.
Sol Santa Cruz, en tanto, espera escuchar un mensaje sobre las violencias que atraviesan a mujeres y adolescentes y sobre la falta de escucha hacia las nuevas generaciones.
Acosta reclama que las señales de apertura puedan transformarse en decisiones concretas y cambios en las estructuras que todavía limitan la participación de mujeres, diversidades y jóvenes.
El desafío después de la visita
Julián Tróccoli pone el foco en la capacidad de encuentro de las juventudes y sostiene que cuando los jóvenes se encuentran, esas experiencias pueden generar nuevas conversaciones en sus familias, iglesias, clubes y espacios políticos.
Mangiarotti, por su parte, advierte sobre el riesgo de que todo quede reducido al acontecimiento. El desafío, plantea, será sostener después de la visita los vínculos construidos y acompañar los procesos que puedan abrirse.
En Palermo, la Casa Salesiana León XIII ya prepara actividades para recibir a jóvenes que dedican su tiempo a acompañar y cuidar a otras personas. La propuesta incluye voluntarios, talleres sobre salud mental, un recorrido histórico y una peña.
Su director general, Federico Tirelli, destaca el sentido de recibir a quienes habitualmente están al servicio de los demás: “cuidar a los que cuidan”.
La visita de León XIV y la Marcha del Orgullo parten de escenarios diferentes, pero ponen sobre la mesa una misma pregunta: cómo convivir con las diferencias y qué instituciones pueden construirse para que nadie tenga que renunciar a su identidad para pertenecer.
En el caso de la Iglesia, el desafío planteado por estas nuevas generaciones no se limita a convocarlas o escucharlas. También implica reconocerlas como interlocutoras, revisar las estructuras que producen exclusión y permitir que sus preguntas puedan transformar las formas de vivir y transmitir la fe.







