La sociedad del descarte: pobreza, soledad y la crisis del cuidado

18/09/2026.- Salta al Instante.- Foto portada: Un análisis advierte sobre el costo social de abandonar las políticas de cuidado.
La desigualdad, la pobreza, la soledad y la falta de acceso a servicios esenciales forman parte de un escenario que distintos organismos internacionales vienen documentando desde hace años. Un análisis publicado por Tiempo Argentino plantea que detrás de esos problemas existe una crisis más profunda: la dificultad de las sociedades para sostener redes de cuidado y protección.

El autor Carlos Vilaseca cuestiona en particular la lógica que transforma al ciudadano en consumidor y sostiene que, bajo determinadas políticas económicas, quienes dejan de ser productivos pueden quedar relegados. Su planteo relaciona esa dinámica con problemas como la depresión, la violencia, la soledad y la exclusión social.

La desigualdad como punto de partida

Uno de los principales argumentos del análisis se apoya en la concentración de la riqueza.

Según datos citados de Oxfam, el 1% más rico concentra una proporción muy elevada de la riqueza mundial. El artículo también menciona que millones de personas sobreviven con ingresos extremadamente bajos mientras las grandes fortunas continúan creciendo.

En América Latina, la desigualdad también permanece como uno de los principales problemas estructurales. El texto cita datos de la CEPAL según los cuales el 10% más rico concentra el 34,2% de los ingresos, mientras que el 10% más pobre recibe apenas el 1,7%.

Para Vilaseca, estos números no representan solamente una diferencia económica. También muestran quiénes tienen mayores posibilidades de acceder a salud, educación, vivienda y otras condiciones necesarias para sostener una vida digna.

Salud, educación y vivienda: las otras caras del problema

El análisis también pone el foco en el acceso desigual a servicios básicos.

La Organización Mundial de la Salud estima que una parte importante de la población mundial todavía no cuenta con acceso adecuado a servicios esenciales de salud. La educación presenta una situación similar: organismos internacionales advierten sobre cientos de millones de niños y jóvenes que permanecen fuera del sistema educativo.

A esto se suma la crisis habitacional y ambiental. Más de 100 millones de personas se encuentran desplazadas forzosamente, según datos de ACNUR citados en el artículo, mientras que millones viven en asentamientos informales sin infraestructura suficiente.

El planteo de Vilaseca es que estos fenómenos no deben analizarse de manera aislada: pobreza, exclusión, falta de servicios y desplazamientos pueden reforzarse entre sí.

El impacto sobre la salud mental

Uno de los aspectos menos visibles de esta crisis es el impacto psicológico.

El autor sostiene que la precariedad económica y la falta de redes de contención pueden traducirse en ansiedad, depresión, estrés, vergüenza y aislamiento social.

La discusión adquiere especial relevancia porque la salud mental dejó de ser considerada exclusivamente un problema individual y comenzó a analizarse también desde una perspectiva social, vinculada con las condiciones de vida, el trabajo y los vínculos comunitarios.

La soledad constituye otro de los fenómenos señalados. El artículo utiliza como ejemplo al Reino Unido, donde la problemática adquirió tal dimensión que el país llegó a crear una estructura gubernamental específica dedicada a combatir la soledad.

Freud y la dificultad de convivir

El análisis también recurre a Sigmund Freud para explicar que la conflictividad social no puede atribuirse exclusivamente a un determinado modelo económico.

En El malestar en la cultura, Freud analizó la agresividad como uno de los componentes de las relaciones humanas. Desde esa perspectiva, el problema no sería únicamente la existencia de sistemas económicos que generan desigualdad, sino también la forma en que las personas construyen sus vínculos con los demás.

El concepto latino “Homo homini lupus”, utilizado en el texto, resume esa idea: el ser humano puede convertirse en una amenaza para otro ser humano.

Vilaseca utiliza esa reflexión para plantear que las instituciones pueden contener o canalizar esa agresividad, y que las políticas públicas de cuidado cumplen precisamente una función de protección social.

El cuidado como política pública

Frente a este escenario, el artículo propone avanzar hacia una “sociedad del cuidado”, concepto que también forma parte de los debates de organismos regionales como la CEPAL.

Entre las alternativas planteadas aparecen la medición del trabajo doméstico y de cuidados, el fortalecimiento de los servicios comunitarios de salud mental, la capacitación de personas que trabajen como enlaces comunitarios y la incorporación de mediadores culturales y lingüísticos.

También se plantea que las empresas incorporen la evaluación de los riesgos psicosociales de sus trabajadores dentro de sus mecanismos de seguimiento.

La idea central es que el cuidado no debería quedar exclusivamente en manos de las familias ni depender de la capacidad económica individual.

El debate sobre el modelo económico

El texto plantea una crítica directa al neoliberalismo, al que atribuye una transformación del cuidado en mercancía y de la ciudadanía en una relación de consumo.

Esa es una interpretación política y económica del autor, no un hecho consensuado. Existen diferentes corrientes académicas que explican la desigualdad, la precarización laboral y las transformaciones del Estado desde perspectivas distintas.

Sin embargo, el problema que plantea el artículo tiene una dimensión concreta: qué ocurre con las personas que no pueden acceder mediante el mercado a servicios esenciales como salud, educación, vivienda o cuidados.

Del abandono individual al problema colectivo

La discusión sobre el cuidado también cuestiona la idea de que cada persona debe resolver individualmente las consecuencias de la pobreza, la enfermedad, la vejez o la exclusión.

Para el autor, trasladar toda la responsabilidad al individuo puede convertir problemas estructurales en supuestos fracasos personales.

Desde esa perspectiva, una persona endeudada, un trabajador agotado, un adulto mayor sin asistencia o un migrante sin redes de protección no enfrentan únicamente un problema individual, sino situaciones que también involucran a la comunidad y al Estado.

El costo de una sociedad que no cuida

El planteo final apunta a una pregunta que atraviesa todo el análisis: cuánto le cuesta a una sociedad no sostener sus redes de cuidado.

Depresión, violencia, soledad, exclusión, precariedad y desplazamientos pueden generar consecuencias sociales y económicas que van mucho más allá de quienes las padecen directamente.

La propuesta de Vilaseca es avanzar desde una lógica de asistencia ocasional hacia políticas permanentes de cuidado, capaces de reconocer el trabajo doméstico, fortalecer los servicios públicos y recuperar las redes comunitarias.

La discusión, en definitiva, no se limita a cuánto dinero destina un Estado a determinadas políticas. También plantea qué lugar ocupa la vida humana cuando deja de medirse únicamente por su capacidad de producir o consumir.