20/10/2026.- Por Marcelo Bianco.- Foto portada: Gente en las calles de Argentina, intentando sobrevivir a un modelo que solo produce probreza y hambre. Imagen: Web.
El presidente apeló otra vez a una brutal paradoja biológica para negar la realidad: si la gente no muere cuando se le acaba el sueldo, la crisis económica no existe. El reduccionismo oficial transforma las estrategias cotidianas de supervivencia en una ficción kuka y consagra al hambre como la variable de ajuste perfecta.
El paso de Javier Milei por Neuquén dejó bastante más que promesas petroleras y loas al RIGI. En el Espacio Duam, ante un auditorio colmado de empresarios del sector energético, el presidente abandonó temporalmente sus conocimientos de experto en crecimiento económico con o sin dinero para adentrarse en el espinoso terreno de la metafísica y la lógica de la supervivencia.
Con una mezcla de desdén estadístico y misticismo de mercado, el mandatario ensayó teorías que desafían a los manuales de anatomía.
La revelación es de una profundidad ontológica indudable. Según la tesis presidencial, la persistencia biológica de gran parte de la población en los últimos días del mes demuestra un superávit calórico oculto: si el cuerpo respira, el bolsillo no puede estar vacío.
En el universo libertario, categorías universales como la deuda familiar, el fiado en el almacén, el pago mínimo de la tarjeta de crédito o el préstamo del usurero, no existen. Tampoco contempla el estiramiento infinito de la olla a base de arroz y polenta. Si el ciudadano medio no desfallece por inanición antes de cobrar el salario subsiguiente, el desajuste entre los ingresos y el costo de la canasta básica pasa a ser una mera ficción mediática. La supervivencia se transforma así en un fenómeno estrictamente monetario: se consume, luego se existe.
Esta línea de pensamiento no es nueva en el esquema discursivo de Milei. Ya en eventos anteriores de la Fundación Faro había advertido que si el ajuste fuera tan severo como denuncian los indicadores sociales, las calles tendrían que estar «llenas de cadáveres».
Aquella máxima, sumada al reciente dilema del «Día 20», consolida una curiosa métrica gubernamental para evaluar el bienestar social: el éxito económico de un modelo ya no se mide por la capacidad de ahorro, el acceso a la cultura o los niveles de consumo proteico, sino estrictamente por la ausencia de muertes visibles por hambruna en la vía pública.
Para el dogma de la Casa Rosada, los pibes que van a la escuela con un mate cocido en la panza o los jubilados que eligen qué pastilla comprar son apenas ruidos molestos de un superávit fiscal inmaculado. Al homologar la vida a la mera persistencia de los signos vitales, Milei no solo suprime de la discusión los niveles de pobreza e indigencia que miden sus propios organismos, sino que consagra un estándar ético donde el éxito de su plan depende, precisamente, de la capacidad de resistencia de un tejido social obligado a lo imposible.
Mientras el corazón siga latiendo, el programa económico permanece validado por las leyes de la naturaleza. Mientras no haya cuerpos en el asfalto, la crueldad seguirá cotizando al alza en los mercados. “Y todo marcha de acuerdo al plan”, seguirá repitiendo Milei.







