MUCHO GRITO, POCA ESCUCHA: ¡No te vio nadie Milei!

03/03/2026.- Salta al Instante.- Foto portada: Milei en el inicio de sesiones ordinarias. Imagen: Web.
La gran puesta en escena de Javier Milei terminó siendo un estrepitoso espectáculo sin eco, un desfile de insultos y bravatas que generó menos impacto digital que cualquier apertura de sesiones desde que llegó a la Casa Rosada. El informe de Enter Comunicación no se anda con eufemismos: con apenas 138.925 menciones en redes sociales, el discurso del presidente ante la Asamblea Legislativa de la Nación fue la apertura de sesiones con el menor volumen de conversación desde que asumió el cargo.

El escenario estuvo montado como una cruzada épica, con Milei desplegando su habitual retórica beligerante contra la oposición, acusaciones morales y una narrativa que privilegia el agravio antes que el contenido programático. Pero ese formato confrontativo, que había alimentado su ascenso mediático, terminó por agotarse y no logró encender la chispa equilibrada con campañas previas.

Lejos de mensajes claros sobre la gestión y proyectos concretos para 2026, lo que dominó el discurso fue una retórica confrontacional que identificó a dirigentes opositores —políticos, empresarios y dirigentes sociales— como obstáculos éticos para el proyecto de gobierno, en una puesta que Enter sintetizó como “un escenario de disputa moral más que política”.

Los datos hablan por sí solos: términos como “Kuka” —que alude a la diputada Myriam Bregman— acumularon más de 22 mil menciones y expresiones burlonas como “Chilindrina troska” totalizaron más de 9 mil, superando en tendencias a cualquier referencia a políticas, programas o propuestas concretas. Más que un mensaje presidencial, fue un ring digital donde el sarcasmo y el chisme se impusieron a la argumentación.

Lo más revelador es que, en este esquema, la apertura no logró articular una conversación amplia ni disputar sentidos más allá del propio círculo de adherentes. La “positividad” del 68,8% en redes no puede interpretarse como adhesión sólida, sino como la amplificación militante de una narrativa que no consiguió traccionar fuera del núcleo fiel.

La transmisión oficial optó por invisibilizar a las bancadas opositoras en la transmisión, evitando deliberaciones y expresiones de disenso en pantalla. Ese silenciamiento, lejos de expandir el mensaje, terminó por configurar una suerte de zona liberada comunicacional donde el oficialismo copó el espacio sin encontrar resistencia significativa.

La paradoja es evidente: Milei dedicó buena parte de su intervención a recriminar a quienes —según su versión— obstruyen el “renacimiento moral” de la Argentina, pero ese mismo tono cerró canales de discusión y debate real, al punto de que el propio discurso generó menos ruidos digitales que discursos anteriores.

Este fenómeno llega en un momento en que no solo redes sociales miden el pulso de la política: consultoras privadas advirtieron que la influencia y las interacciones del presidente vienen decreciendo sostenidamente en el ecosistema digital, con cifras que caen año tras año.

Al final, la gran puesta en escena de apertura de sesiones quedó retratada no como la exhibición de un proyecto de país, sino como un acto de reafirmación identitaria dirigido a su propio público, incapaz de activar una chispa más allá del núcleo duro y bajo la sospecha de que el “show” ya no contagia como antes.