12/03/2026.- Salta al Instante.- Foto portada: Mar del Plata vacío. La crisis golpea a la ciudad costera peor que en la pandemia. Imagen: Web.
El verano terminó en Mar del Plata con una postal que nadie quería ver: menos turistas, hoteles con habitaciones vacías y comercios contando monedas. La temporada 2025-2026 dejó el peor balance desde el final de la pandemia, un golpe directo al corazón de la principal ciudad balnearia de la Argentina y a una industria turística que vive de tres meses de oxígeno para sobrevivir el resto del año.
Los números oficiales difundidos por el Ente Municipal de Turismo y Cultura no dejan demasiado margen para el maquillaje. Entre el 1 de diciembre y el 28 de febrero llegaron 3.141.427 turistas, una cifra que supera apenas la barrera simbólica de los tres millones pero que significa casi 130.000 visitantes menos que la temporada anterior. La ocupación promedio de alojamientos apenas superó el 50 por ciento, un nivel que expone un verano con más camas vacías que entusiasmo en los pasillos de hoteles y departamentos de alquiler.
El golpe fue particularmente duro en enero, el mes que tradicionalmente define el pulso de la temporada. Allí la caída de visitantes alcanzó el 7,1 por ciento, convirtiéndose en el período más golpeado del verano. Febrero apenas logró amortiguar el derrumbe con un descenso mucho más leve, del 0,7 por ciento, empujado por los feriados de Carnaval, que trajeron turistas de último momento buscando rascar unos días de descanso en medio de un contexto económico cada vez más asfixiante.
Pero el problema no fue solamente la cantidad de turistas. También cambió, y mucho, el comportamiento de quienes sí llegaron. El veraneante promedio se transformó en un visitante austero, recortando gastos al extremo. Los bares y restaurantes sintieron el golpe con mesas vacías y cuentas cada vez más flacas, mientras muchos turistas eligieron directamente evitar salidas gastronómicas. El turismo de billetera ajustada se convirtió en la nueva norma del verano.
Las estadísticas muestran con claridad ese cambio. El 41,3 por ciento de los visitantes se alojó en viviendas propias, una señal de que muchos viajaron intentando gastar lo mínimo posible. La hotelería, históricamente uno de los motores del negocio turístico marplatense, apenas captó el 25,9 por ciento de los arribos. En transporte ocurrió algo similar: el auto particular fue utilizado por el 81,4 por ciento de los turistas, relegando a colectivos y trenes a un papel secundario.
El cuadro se vuelve todavía más oscuro cuando se amplía la mirada a toda la Provincia de Buenos Aires. Durante el verano ingresaron 8,7 millones de turistas, unos 421.000 menos que el año anterior. El derrumbe se reflejó también en la economía del sector: el consumo turístico cayó 24,1 por ciento y los ingresos reales generados por la actividad se desplomaron casi 30 por ciento.
El ministro de Producción, Ciencia e Innovación Tecnológica bonaerense, Augusto Costa, no esquivó el choque político al explicar el panorama. Según el funcionario, el turismo enfrenta una “dura realidad” provocada por una competencia desleal fomentada por el Gobierno nacional, que empuja a muchos argentinos a vacacionar en el exterior mediante un tipo de cambio que vuelve más tentadores los destinos fuera del país. A eso se suma la eliminación de políticas de estímulo al turismo interno, que dejó a muchas familias de clase media directamente afuera de la posibilidad de viajar.
El resultado final es un golpe que se siente en toda la cadena económica del turismo: hoteles con menor ocupación, restaurantes trabajando a media máquina, comercios con ventas flojas y miles de trabajadores que dependen de la temporada mirando con preocupación un panorama cada vez más incierto. Según datos oficiales citados por la provincia, casi 80.000 empleos vinculados al turismo se perdieron en los últimos dos años, una señal de alarma que atraviesa todo el sector.
Así terminó el verano en Mar del Plata: con playas llenas de recuerdos de otros tiempos, comercios contando pérdidas y una temporada que prometía movimiento pero terminó convertida en la más floja desde que la pandemia dejó de marcar el ritmo del turismo argentino. Un balance que deja al descubierto un problema mayor: cuando el bolsillo de la gente se achica, hasta el mar empieza a sentirse vacío.







