13/03/2026.- Salta al Instante.-Foto portada: Ilustrativa. Web.
La recesión empezó en los bolsillos de los consumidores, siguió en las cajas de los comercios y ahora está golpeando de lleno a las empresas. El deterioro económico ya dejó una señal difícil de disimular: las compañías argentinas triplicaron en apenas un año sus atrasos en el pago de créditos, un síntoma brutal del enfriamiento de la economía real.
Los números no dejan espacio para el maquillaje. Según un informe de la consultora Analytica basado en datos del Banco Central, la irregularidad en los créditos empresariales pasó del 0,8 por ciento en enero de 2025 al 2,7 por ciento en enero de 2026. En términos simples: la mora corporativa se disparó más de un 237 por ciento en apenas doce meses.
La primera alarma se encendió en el comercio, donde la caída del consumo empezó a romper la cadena de pagos. Cuando el cliente deja de pagar la cuota del televisor o de la heladera, la rueda del sistema empieza a chirriar. El atraso se traslada del consumidor al comercio, del comercio al proveedor, del proveedor al fabricante y así hasta llegar a los abastecedores de insumos. La recesión se convierte entonces en un efecto dominó que recorre toda la estructura productiva.
El fenómeno es especialmente visible en el sector de electrodomésticos, uno de los termómetros más sensibles del consumo. Allí el porcentaje de clientes que se atrasan en el pago de productos como televisores, heladeras o lavarropas saltó del 14,8 por ciento al 41,2 por ciento en un año. Cuando cuatro de cada diez compradores dejan de pagar a tiempo, el problema ya no es individual: es estructural.
Detrás de esa ola de morosidad aparecen tres factores que están golpeando de lleno al aparato productivo: tasas de interés altísimas, caída del consumo y la presión de importaciones que compiten con la producción local. La ecuación es simple y devastadora: ventas que se desploman, créditos caros y empresas que empiezan a acumular deudas impagas.
En ese contexto, la morosidad deja de ser un problema financiero y se transforma en un síntoma económico profundo. Cuando las empresas empiezan a atrasarse en el pago de sus créditos, lo que se está rompiendo no es solo un balance contable. Lo que se resquebraja es la cadena productiva completa.
La economía real empieza a mostrar entonces su cara más cruda: negocios que venden menos, empresas que se endeudan más y una cadena de pagos cada vez más frágil. Y cuando esa cadena se corta, el impacto no queda en los números de un informe: se traslada al empleo, a la producción y a la actividad económica en general.
La morosidad que hoy aparece en los balances empresariales no es un accidente aislado. Es la radiografía de una economía que se enfría, donde el crédito deja de ser una herramienta de crecimiento y empieza a convertirse en una trampa de deudas.







