06/04/2026.- Salta al Instante.- Foto portada: Ilustrativa. Web.
La economía argentina empieza a mostrar una postal cada vez más brutal: un puñado de sectores que acumulan ganancias y una mayoría de actividades productivas que se achican, pierden empleo y ven evaporarse el consumo. Las consultoras y centros de estudio coinciden en un diagnóstico incómodo para el relato oficial de la Casa Rosada: el país transita una economía “a dos velocidades”, donde pocos ganan mientras la mayoría pierde.
El propio ministro de Economía, Luis Caputo, dejó entrever la preocupación durante una exposición en la Bolsa de Comercio de Rosario. “Me preocupa la velocidad de la recuperación”, reconoció, admitiendo por primera vez que la economía enfrenta dificultades para consolidar una salida sostenida, en medio de un escenario donde la actividad amenaza con pasar del estancamiento a una nueva recesión en cuestión de meses.
Las proyecciones privadas empiezan a desarmar el optimismo del Presupuesto oficial. El gobierno de Javier Milei había proyectado un crecimiento del 5% para 2026, pero distintos informes económicos advierten que ese número aparece cada vez más lejano. La industria manufacturera sigue en retroceso —con una caída cercana al 10% respecto de 2023— mientras el empleo formal acumula siete meses consecutivos de contracción y el mercado laboral muestra un deterioro persistente con desempleo en torno al 7,5% y subempleo en aumento.
El problema no es sólo cuánto crece la economía, sino quién se queda con ese crecimiento. Los datos muestran un patrón cada vez más concentrado. Las actividades que encabezan la expansión son finanzas, agro y minería, sectores que en el último tiempo llegaron a ubicarse entre 17% y 31% por encima de sus niveles promedio de 2022. En el otro extremo del mapa productivo aparecen industria, construcción y comercio, con caídas interanuales de hasta 4% y niveles que siguen entre 5% y 14% por debajo de los registros de hace apenas unos años.
La paradoja es evidente: incluso cuando las estadísticas muestran crecimiento, ese rebote no llega al bolsillo. El aumento del PBI registrado en 2025 —4,4% según el EMAE del INDEC— tuvo una base frágil. Más del 80% de ese resultado se explicó por el arrastre estadístico del año anterior, mientras que el crecimiento genuino fue de apenas 0,8 puntos. En otras palabras, una economía que mejora en los números pero no en la vida cotidiana de la mayoría.
El cuadro se vuelve más inquietante cuando se analiza de dónde sale el crecimiento. Una parte significativa proviene de rubros que no reflejan producción real: impuestos netos de subsidios o la intermediación financiera, que se expande más por el negocio de tasas que por un aumento del crédito productivo. Si se descuentan esos componentes, el crecimiento real de la economía se reduce sensiblemente.
El impacto social ya empieza a sentirse. La inflación volvió a acelerarse en los últimos meses y el gobierno sostiene un “ancla salarial” que limita las paritarias para intentar contener los precios. El resultado es un deterioro del poder adquisitivo que golpea de lleno al consumo, a la recaudación y al nivel de actividad. Los salarios públicos, por ejemplo, quedaron 17,8% por debajo de noviembre de 2023 en términos reales.
A ese escenario se suma un mercado laboral golpeado. El empleo registrado sigue cayendo y la fragmentación laboral crece en paralelo con el endeudamiento de los hogares. Mientras tanto, el ajuste fiscal profundiza el recorte del gasto social: a comienzos de 2026 ese gasto se ubicó 36% por debajo de fines de 2023, en un contexto en el que además se anunció la eliminación del programa Volver al Trabajo, que tenía cerca de 900 mil beneficiarios.
Los economistas advierten que el programa económico enfrenta un problema estructural: necesita salarios contenidos para bajar la inflación, pero esa misma estrategia enfría el consumo y empuja a la economía hacia el estancamiento. “La actividad se encuentra estancada”, señalan análisis privados, que además advierten que el esquema podría pasar rápidamente de la meseta a una nueva recesión si se combinan presiones externas o una mayor inflación.
El panorama hacia adelante tampoco despeja incertidumbres. Las proyecciones más optimistas hablan de un crecimiento cercano al 2,5%, apenas la mitad de lo que prometía el Presupuesto oficial. Y aun en ese escenario, los sectores clave para el empleo —industria, construcción y comercio— seguirían por debajo de los niveles que tenían en 2023.
En el fondo del tablero aparece otro factor que condiciona el futuro: el peso de la deuda. Desde que comenzó la gestión libertaria, la deuda bruta creció y ya suma compromisos por 46.579 millones de dólares, mientras que los vencimientos entre 2026 y 2027 rondan los 39.700 millones de dólares. Esa presión mantiene una demanda constante de divisas y agrega fragilidad al frente externo.
La fotografía que empieza a consolidarse es tan clara como incómoda: una economía que puede mostrar números positivos en los informes, pero que al mismo tiempo deja a la mayoría del aparato productivo y a gran parte de la población fuera de la recuperación. Una Argentina donde los sectores financieros y extractivos avanzan, mientras la industria, el comercio y el empleo quedan atrapados en el barro.
El resultado es una economía partida en dos: la de los ganadores del modelo y la de una mayoría que mira desde abajo cómo la promesa de recuperación se vuelve cada vez más incierta.







