Trump enfrenta la sombra de Pinochet y el autoritarismo

07/10/2026.- Salta al Instante.- Foto portada: Trump y Ponochet. Imagen: Archivo.
El triunfo del No a Pinochet en el plebiscito de 1988 vuelve a aparecer como espejo de la crisis política que atraviesa Estados Unidos bajo Donald Trump. La experiencia chilena demuestra que un líder autoritario puede ser derrotado en las urnas, pero también deja una advertencia: el daño institucional y social puede sobrevivir mucho tiempo después de su salida del poder.

El 5 de octubre de 1988, Chile protagonizó uno de los momentos decisivos de su historia reciente: Augusto Pinochet perdió el plebiscito que buscaba mantenerlo en el poder. El 55,9% de los votantes eligió el “No” y abrió el camino hacia la recuperación democrática después de 15 años de dictadura.

Casi cuatro décadas después, aquella jornada vuelve a ser utilizada como advertencia frente al avance del autoritarismo. El escenario que plantea el escritor Ariel Dorfman coloca a Donald Trump frente al espejo de Pinochet y plantea una pregunta incómoda: ¿puede Estados Unidos frenar democráticamente a un presidente que concentra poder y desafía los límites institucionales?

La comparación no se limita a los resultados electorales. También apunta a los mecanismos de presión, propaganda y concentración de poder que pueden poner en riesgo una democracia incluso cuando existen elecciones periódicas.

La noche en que Pinochet perdió

El plebiscito de 1988 debía determinar si Pinochet continuaría como jefe de Estado durante otros ocho años. El dictador había llegado al poder en 1973, tras el golpe de Estado que derrocó al presidente Salvador Allende.

Contra las previsiones del régimen, el “No” obtuvo una victoria contundente. Pero el resultado no fue aceptado inmediatamente por el gobierno militar.

Durante aquella noche se interrumpió el escrutinio y se estableció un bloqueo informativo. Recién en la madrugada del 6 de octubre, el general Fernando Matthei reconoció públicamente que el “No” había triunfado.

La jornada quedó como un símbolo de la capacidad de una sociedad para poner límites a un régimen autoritario mediante el voto. Pero también dejó una enseñanza menos celebrada: ganar una elección no alcanza para reparar automáticamente los daños provocados por una dictadura.

La advertencia para Estados Unidos

El paralelismo con Estados Unidos aparece en el contexto de las elecciones de mitad de mandato previstas para el 3 de noviembre de 2026. En esos comicios se definirá la composición del Senado y de la Cámara de Representantes, dos espacios fundamentales para limitar el poder presidencial.

La disputa adquiere especial relevancia en un escenario marcado por fuertes enfrentamientos institucionales y por la utilización de discursos políticos polarizantes.

La experiencia chilena muestra que las instituciones necesitan algo más que normas escritas para funcionar. También requieren ciudadanos dispuestos a defenderlas, autoridades que respeten sus límites y fuerzas de seguridad que no sean utilizadas contra la voluntad popular.

El caso de Pinochet también demuestra que un líder derrotado electoralmente puede intentar conservar cuotas de poder. En Chile, el dictador siguió teniendo una enorme influencia durante la transición y permaneció como comandante en jefe del Ejército durante varios años.

El problema no termina cuando cae un líder

Una de las principales advertencias de la experiencia chilena es que el autoritarismo deja marcas que sobreviven al propio régimen.

La dictadura de Pinochet provocó desapariciones, torturas, exilios y persecuciones, pero también transformó profundamente la estructura económica y social del país. El desmantelamiento de buena parte del Estado de bienestar y la imposición de un modelo económico profundamente desigual dejaron consecuencias que trascendieron el retorno institucional de la democracia.

Pero hubo otra herencia todavía más difícil de medir: el miedo y la desconfianza quedaron instalados en la sociedad chilena.

La democracia recuperada tuvo que convivir durante años con instituciones heredadas de la dictadura y con la influencia política y militar del propio Pinochet.

La sombra de la ultraderecha

La persistencia de ese legado aparece, según el planteo de Dorfman, en el ascenso de José Antonio Kast, presentado como admirador de Pinochet y dirigente de la derecha radical chilena.

Su llegada a la presidencia en diciembre de 2025 es utilizada como ejemplo de que una sociedad puede recuperar la democracia y, décadas después, volver a llevar al poder a sectores que reivindican aspectos de su pasado autoritario.

La advertencia resulta particularmente fuerte porque, detrás de las disputas electorales, aparecen problemas sociales que alimentan el descontento: crisis económica, inseguridad, inmigración y temor frente al delito.

El riesgo es que esas angustias sean aprovechadas por discursos que prometen soluciones rápidas a cambio de restringir derechos o debilitar controles institucionales.

¿Qué errores permiten que vuelva el autoritarismo?

La comparación entre Pinochet y Trump no pretende afirmar que ambos procesos históricos sean idénticos. Sus contextos, instituciones y niveles de violencia son diferentes.

La pregunta central es otra: ¿qué condiciones permiten que una sociedad acepte o tolere la concentración de poder?

El autoritarismo no aparece de la nada. Puede crecer sobre problemas económicos, desigualdades, frustraciones sociales, discursos de odio, nacionalismo extremo y una pérdida progresiva de confianza en las instituciones.

También puede avanzar cuando determinados sectores económicos y políticos consideran conveniente respaldarlo porque sus políticas favorecen sus intereses.

Ese es uno de los puntos más fuertes de la advertencia chilena: derrotar electoralmente a un líder autoritario no significa haber resuelto las causas que hicieron posible su ascenso.

Una advertencia que trasciende a Trump

El desafío para Estados Unidos, plantea esta mirada, no consiste solamente en impedir que Trump concentre todavía más poder. También implica revisar las condiciones históricas que permitieron que una figura con un discurso autoritario alcanzara nuevamente la Casa Blanca.

Entre ellas aparecen el nativismo, la misoginia, la desigualdad, el deterioro ambiental, los ataques contra minorías y trabajadores y una concepción de excepcionalismo nacional que puede convertirse en una herramienta política.

La experiencia chilena deja así una conclusión incómoda: una democracia puede derrotar a un autócrata, pero necesita mucho más tiempo para reparar el daño que dejó.

El 5 de octubre de 1988 Chile demostró que el voto podía frenar a un dictador. La pregunta que queda para Estados Unidos en este octubre de 2026 es si su sociedad será capaz no solo de defender las urnas, sino también de proteger las instituciones antes de que sea demasiado tarde.