27/04/2026.- Salta al Instante.- Foto portada: Milei junto a Caputo. Imagen: Web.
Mientras el Gobierno ensaya slogans de optimismo futurista, la economía real se desangra en cámara lenta. Producción en caída, salarios licuados, empleo en retroceso, familias endeudadas y empresas que bajan la persiana. El cuadro es tan contundente que la estrategia oficial ya no pasa por negarlo, sino por taparlo: ruido, confrontación y un relato que promete un paraíso dentro de 18 meses para una sociedad que ya viene acumulando dos años y medio de golpes.
La administración de Javier Milei parece haber elegido una doble vía para lidiar con el deterioro. Por un lado, la confrontación con el periodismo y el intento de erosionar el derecho a la información, en una avanzada que tensiona la libertad de expresión. Por otro, la construcción de una narrativa que promete un futuro luminoso mientras el presente se oscurece. Una pinza que busca disciplinar la percepción social: menos información, más promesas.
El problema es que los números no militan. La consultora LCG describió el momento con crudeza: crecen los sectores que generan dólares, pero caen los que generan empleo. El resultado es una economía que se estanca —o directamente retrocede— mientras se deteriora la confianza de los consumidores y también la credibilidad del propio Gobierno. La supuesta recuperación aparece, en el mejor de los casos, como un espejismo.
Los datos oficiales y privados convergen en el mismo diagnóstico. En febrero, la actividad económica cayó 2,6% respecto de enero y 2,1% en comparación con el mismo mes del año anterior. Sin pandemia de por medio, se trata de una de las peores contracciones en más de dos décadas. El golpe se concentró en la producción de bienes, con una baja del 4,4%, mientras los servicios resistieron apenas con un retroceso menor.
Detrás de esa caída hay decisiones concretas. La apertura importadora, en un contexto de dólar apreciado, está reemplazando producción local por productos del exterior. Las importaciones de bienes finales se dispararon un 80% en el último año, mientras que las de insumos para producir cayeron un 25%. Traducción: se importa lo que antes se fabricaba y se deja de importar lo necesario para producir. El resultado es menos industria, menos empleo y más dependencia.
El impacto social es directo. Entre agosto de 2025 y febrero de 2026, los salarios privados registrados perdieron 3,6% en términos reales. En algunos sectores, como el de los docentes universitarios, la caída del poder adquisitivo roza niveles extremos. Al mismo tiempo, se destruyeron cerca de 100.000 puestos de trabajo formales. Menos ingresos, menos consumo, menos actividad: un círculo que se retroalimenta.
En ese contexto, el margen de maniobra del Estado también se achica. Los ingresos públicos cayeron en términos reales y el Gobierno descarta cualquier política que apunte a recomponer salarios o dinamizar el mercado interno. La apuesta es otra: crédito más barato en una sociedad que ya está ahogada en deudas. Pero con familias al límite y alta morosidad, el crédito no reactiva: apenas patea el problema hacia adelante.
La escena se completa con un dato que no aparece en los discursos oficiales: el endeudamiento de los hogares está en niveles récord. Y cuando la deuda crece más rápido que los ingresos, la economía no se reactiva, se paraliza.
En ese marco, el intento de imponer un clima de optimismo forzado choca contra la experiencia cotidiana. La “realidad real”, esa que no entra en los gráficos ni en los eslóganes, sigue marcando el pulso: cada vez cuesta más llegar a fin de mes, cada vez hay menos trabajo, cada vez se produce menos.
El Gobierno lo sabe. Por eso corre el foco. Porque discutir la economía implica discutir el costo del ajuste. Y en esa discusión, el relato no alcanza.







